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27 julio 2026

'La última ronda en Venecia': viaje de amistad, memoria y placeres

No todas las películas sobre viajes hablan realmente de destinos. En La última ronda en Venecia, la carretera funciona más como un espacio de encuentro que como un simple recorrido: un lugar donde tres personajes con edades, experiencias y expectativas muy diferentes terminan compartiendo algo más importante que un desplazamiento físico. Francesco Sossai construye una historia pequeña en apariencia, pero llena de observaciones sobre la amistad, la nostalgia y esas oportunidades inesperadas que aparecen cuando menos se buscan.

La película sigue a Carlobianchi y Doriano, dos hombres que mantienen una peculiar filosofía de vida alrededor de las conversaciones largas, las noches que se alargan y la tradición de no abandonar nunca la última copa. Su rutina cambia cuando conocen a Giulio, un joven estudiante de arquitectura que atraviesa un momento de dudas y búsqueda personal. El encuentro entre los tres da lugar a un viaje por las llanuras del Véneto donde el humor y la melancolía conviven con naturalidad, alejándose de los relatos de crecimiento más convencionales.

Francesco Sossai, una de las voces emergentes más interesantes del cine italiano contemporáneo, apuesta por una mirada cercana y humanista. La película no necesita grandes conflictos para encontrar emoción: su fuerza está en los diálogos, en los silencios y en la forma en que observa a unos personajes imperfectos pero profundamente reconocibles. Junto al coguionista Adriano Candiago, Sossai construye una narración que encuentra belleza en lo cotidiano y que convierte los pequeños momentos en el verdadero centro de la historia.

El reparto es uno de los pilares del filme. Filippo Scotti (descubrimiento de Fue la mano de Dios), Sergio Romano y Pierpaolo Capovilla forman un trío protagonista con una química que sostiene el equilibrio entre comedia y drama, mientras que intérpretes como Roberto Citran y Andrea Pennacchi completan un peculiar conjunto de secundarios. La naturalidad de las interpretaciones permite que las relaciones evolucionen sin artificios, como una amistad que nace delante del espectador.

En el apartado visual, La última ronda en Venecia destaca por su manera de retratar el paisaje del Véneto, lejos de la imagen turística más conocida de la región. La fotografía de Massimiliano Kuveiller convierte carreteras secundarias, bares y espacios cotidianos en escenarios cargados de identidad. El montaje de Paolo Cottignola y la música de Krano acompañan ese tono entre divertido y contemplativo que define la película.

El recorrido internacional de la película confirmó pronto su buena acogida. La última ronda en Venecia fue presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y pasó por Toronto. Su reconocimiento se amplió con los premios David di Donatello, donde obtuvo ocho galardones: mejor película, mejor dirección, mejor actor, mejor guion, mejor montaje, mejor casting, mejor canción y mejor producción.

Más allá de su reconocimiento en festivales y premios, el atractivo de La última ronda en Venecia está en su capacidad para encontrar emoción en una historia aparentemente sencilla. Es una película sobre personas que buscan algo sin saber exactamente qué, sobre conversaciones que se alargan más de lo previsto y sobre la importancia de esos encuentros que, sin cambiar necesariamente una vida entera, sí pueden modificar la forma de mirarla. Sossai firma una obra cercana, divertida y melancólica que reivindica el valor de detenerse un momento y prestar atención a quienes viajan a nuestro lado.

09 enero 2026

¿Qué es una estrella de cine?


Naomi Watts, protagonista de King Kong y Lo imposible
Naomi Watts se ha forjado una imagen atractiva pero
seria gracias a unir esfuerzo a su natural belleza
Una estrella es un cuerpo celeste que brilla con luz propia. ¿Y una estrella de cine? Pues lo cierto es que lo mismo. Las estrellas son actores que brillan sin importar la película en que se encuentren, y que arrastran a los espectadores a las salas más que las propias tramas de los films o la calidad de éstos. Ayer tuve la oportunidad de asistir a un debate con uno de los productores de la película Lo imposible (Juan Antonio Bayona, 2012) y una de las primeras preguntas que recibió del público fue: “¿por qué elegisteis estrellas internacionales para interpretar a una familia española?”. Y él fue claro: hoy en día, la única forma de realizar una película de alto presupuesto es contar con un reparto que atraiga a los inversores y garantice el éxito del film, y, a la hora de hacer una película sobre el Tsunami en Tailandia, el alto presupuesto es imprescindible. Yo era el primero en criticar al film por esta decisión, pero creo que ante esta explicación no hay argumento posible.

19 mayo 2021

¿Es 'El señor de los anillos' la mejor película de la historia?: 10 razones

Antes de nada, hay que aclarar dos cosas. Para empezar, no existe la mejor película de la historia porque no tiene sentido comparar según qué títulos entre sí, con lo que este artículo se adentra inevitablemente en el terreno de la subjetividad. Para seguir, sí: trato El señor de los anillos (The Lord of the Rings) como una única obra de 10 horas, ya que los tres capítulos (La comunidad del anillo, 2001; Las dos torres, 2002, y El retorno del rey, 2003) se filmaron a la vez, son inseparables y comparten trama, estilo y calidad. Sin más dilación, aquí van mis 10 razones por las que El señor de los anillos es la mejor película de la historia. Sí, la mejor película. Sí, de la historia.

Galadriel y Frodo

Una adaptación ¿imposible? Partir de un libro tan complejo como El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, puede ser un triunfo seguro o una maldición. A fin de cuentas, durante décadas se consideró "inadaptable". Pero entonces llegaron Fran Walsh, Philippa Boyens y Peter Jackson y, con sumo mimo, revisaron cada párrafo para decidir qué incluir y qué, inevitablemente, dejar fuera, realizando un trabajo de adaptación impresionante que rara vez se valora como merece (no suele hablarse del guion a la hora de alabar esta trilogía cinematográfica). Los diálogos están llenos de fuerza, las decisiones de los personajes siempre están justificadas, las dispares escenas se suceden de forma muy orgánica y toda la mitología está bien hilada, instándose a leer a Tolkien para saber más pero funcionando perfectamente la obra por sí sola.

26 marzo 2021

'Nomadland': reconectar con uno mismo, (vi)viendo la película del año

La mejor película del año rara vez coincide con la más galardonada, pero este año es la excepción que confirma la regla: Nomadland, ganadora del León de Oro de Venecia, el Premio del Público de Toronto, el Gotham, el Globo de Oro, el Satellite, el Critics Choice y, probablemente, el BAFTA, el Spirit y por supuesto el Oscar [ver análisis nominaciones], es una obra descomunal, la más premiada de la historia. Irónicamente, sobre el papel, es una cinta muy pequeñita... y pocos la entenderán del todo.

Frances McDormand en Nomadland

07 marzo 2021

Premios Goya 2021: el justo triunfo de 'Las niñas' (y de la dignidad)

Pocas veces ha estado la Academia tan acertada, desde la elección del palmarés, que (casi) enmendaba las cuestionables nominaciones [ver artículo], hasta la conducción de la ceremonia, cuya responsabilidad recaía en gran medida en un Antonio Banderas que ya podemos confirmar como tesoro nacional.

26 marzo 2020

Las mejores comedias para ver en VOD (Amazon, Apple TV, Disney+, Filmin, HBO, Movistar+ y Netflix)

Entre la asfixia de la cuarentena y el miedo al coronavirus, estos días se agradece desconectar más que nunca. Y, para eso, nada mejor que reír. Por tanto, aquí tenéis una  selección subjetiva pero fiable de las mejores comedias que pueden verse actualmente en las principales plataformas de video on demand: Amazon Prime, Apple TV, Disney+, Filmin, HBO, Movistar+ y, claro, Netflix.

La boda de mi mejor amiga
La boda de mi mejor amiga, mucho más
inteligente de lo que aparenta (y divertidísima)
Amazon Prime Video: 3 bodas de más ● Aterriza como puedas ● Brittany corre una maratón ● Casi imposible  Dando la nota ● Green Book ● El espía que me plantó  Eighth Grade  Four Rooms ● La boda de mi mejor amiga ● La gran enfermedad del amor ● La madre del novio  Malas madres ● Mamma Mia: Una y otra vez ● Primos ● Requisitos para ser una persona normal ●#SexPact ● Superempollonas ● Troop Zero  Tully ● Zombies Party

31 agosto 2019

El poderío del cine chino: Bi Gan, Zhangke Jia, Hu Bo y Zhang Yimou

Este año no hay cinematografía más sorprendente que la china, que nos ha regalado nada más y nada menos que cuatro obras maestras llenas de capas psicológicas y posibles lecturas. Todas ellas pertenecen en realidad al 2018, que fue cuando yo tuve la posibilidad de verlas los festivales de Toronto y San Sebastián, pero no han visto la luz comercialmente a nivel internacional hasta este año, que será por tanto cuando poblarán los clásicos listados de recomendaciones.

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan
Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan
Por sí sólo, el largo plano secuencia en 3D con el que concluye Largo viaje hacia la noche (Di qiu zui hou de ye wan, 2018) es la experiencia cinematográfica del año y una de las más impresionantes de la historia del séptimo arte. Sin duda tiene truco, pero, a diferencia de Birdman (Alejandro G. Iñárritu, 2013), aquí no se nota. No lo suficiente, al menos, para que el espectador sea extraído de tan evocador viaje de sensaciones. De prodigiosos planos secuencia vive también An Elephant Sitting Still, (Da xiang xi di er zuo, 2018) cuyas cuatro horas se hacen cortas gracias al matizado retrato de todos sus personajes, unidos por el deseo de ver con sus propios ojos un elefante que, ajeno a los problemas del mundo, se limita a esperar... Pero, ¿qué? Quién sabe, ¿qué esperan en el fondo los personajes de Sombra (Ying, 2018) más allá de proteger su honor a toda costa? ¿Redención? Quizá sí, al igual que los de las cintas previamente citadas. Quizá lo busquen también los mafiosos protagonistas de La ceniza es el blanco más puro (Jiang hu er nv, 2018), si es que no han renunciado a ella.

17 junio 2019

'Sauvage': animal herido, chapero

Pese a la creciente visibilidad del colectivo gay, la prostitución masculina parece seguir al margen de la sociedad, quizá a raíz de la privacidad que suele exigir la clientela. ¿Pero cómo es realmente la vida de un chapero? Las respuestas varían, pero pocos tienen siquiera alguna en la mente. En su extraordinaria ópera prima, el francés Camille Vidal-Naquet retrata a uno de ellos: el sensual pero desarraigado Léo, cuya vida ficticia no debe tomarse de referencia pero sí sirve para ir más allá de la objetivación del cuerpo y hasta el alma que este modo de vida acarrea. Sin prejuicio alguno, Sauvage (2018) derriba barreras entre la prostitución masculina (o, al menos, quienes la ejercen) y la sociedad contra la que el propio título se rebela. Y lo hace de un modo difícil de olvidar.

Félix Maritaud, Sauvage
El sexo es omnipresente en Sauvage,
pero desde perspectivas opuestas
Léo (Félix Maritaud) ha optado por una vida que dista de lo que la mayoría consideraría vida siquiera, no pretendiendo la película explicar su motivación más allá de una evidente necesidad interna e imperante de seguir viviendo del único modo que parece conocer, o sea, de sobrevivir: cualquier salida se antoja inviable, lo que vuelve el visionado tan frustrante como la existencia misma. El descarnado y naturalista trabajo fotográfico del también primerizo Jacques Girault sigue al introspectivo personaje como si de su propia sombra se tratara, retratándolo como un animal herido que, al igual que cualquier perro callejero, tan sólo desea algo de cariño, pero no necesariamente de quien puede granjeárselo. La generosidad con que ofrece no ya su cuerpo sino incluso su corazón es devastadora. 

31 marzo 2019

'Dolor y gloria': puro Almodóvar

Detestado e idolatrado a partes iguales, Pedro Almodóvar es sin lugar a dudas el creador más emblemático de la cinematografía española, con lo que cada uno de sus hasta ahora veintiún estrenos ha constituido toda una efeméride. Sin embargo, desde aquella vuelta a los orígenes que representó Volver (2006), ninguna de sus producciones había estado a la altura de clásicos como Entre tinieblas (1983), La ley del deseo (1987), ¡Átame! (1989), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), Todo sobre mi madre (1999) o Hable con ella (2002); al menos, desde el punto de vista de quien firma estas líneas. Todas eran interesantes y entretenidas (sí, incluso Los amantes pasajeros, 2013), pero faltaba algo que por fin hemos recuperado con Dolor y gloria (2019), otro retorno al pasado en el que, tal y como ya hizo con La mala educación (2004), el manchego remueve más que nunca sus propios recuerdos.

Antonio Banderas en Dolor y gloria
Antonio Banderas ofrece en Dolor y gloria
la mejor interpretación de su carrera
Dolor y gloria entrelaza dos momentos de la vida de Salvador Mallo, álter ego de Almodóvar al que da vida en su etapa infantil, en unos años 60 de (auto)descubrimiento, el debutante Asier Flores (actor nato, según el realizador) y en su etapa adulta, cuando ya en los 80 es un cineasta atosigado tanto por el dolor físico como por el que acarrea su memoria, un magnífico Antonio Banderas. Que hay mucho de Almodóvar en el personaje es evidente, y no sólo porque los unen época, carácter y hasta estética, sino porque la salud del propio cineasta atravesó hace poco un mal momento tras el que, para bien y para mal, no ha vuelto a ser el mismo. En la que constituye sin duda su mejor interpretación hasta la fecha (el Goya por fin será suyo, no hay duda), Banderas desborda significado con cada gesto, invitándonos a evocar un pasado confeccionado a partes iguales por la remembranza y la imaginación del propio Almodóvar. La escena en que nos mira desde esas aguas donde parece sumergirse en busca de consuelo es sencillamente mágica... y es sólo la primera.

15 mayo 2018

'Lady Bird', para mí, por mí (o cómo ser feminista sin proponérselo)

Que Lady Bird convirtiera a Greta Gerwig en la quinta mujer nominada al Oscar a mejor dirección (así como la primera desde que Kathryn Bigelow lo ganara por fin por la brillante En tierra hostil, 2009) desvió la atención sobre las cualidades de una cinta fácil de infravalor por su  fresco contexto juvenil y su carácter aparentemente liviano. Mas no nos despistemos: si Lady Bird obtuvo cinco nominaciones al Oscar (película, actriz, actriz de reparto, guion original y dirección, estas dos últimas para la polifacética creadora californiana) no fue por beneficiarse del impulso del movimiento #MeToo, sino sencilla y llanamente porque así lo merecía.

Saoirse Ronan y Beanie Feldstein en Lady Bird (2017)
Lady Bird ofrece una mirada cálida pero sincera
la amistad femenina en los tiempos estudiantiles
Es difícil, no obstante, determinar el impacto que esta fresca comedia dramática habría tenido de brotar en un momento diferente. Pero, a fin de cuentas, siempre lo es: toda obra es hija de su tiempo. Como su valiente creadora, Lady Bird es feminista. Y mucho. Sin molestarse en serlo. Su protagonista, que podría perfectamente haber sido encarnada por la propia Gerwig (actriz, antes que directora, memorable en sus colaboraciones con su pareja, Noah Baumbach: Greenberg (2010), Frances Ha (2012) y Mistress America (2015), las dos últimas escritas mano a mano entre ambos) sueña con la clase de vida excitante que día tras día le niega la gris Sacramento (una de las pocas ciudades de la cool California que las guías turísticas invitan cortésmente a no visitar jamás). Y, como todo adolescente que se siente fuera de lugar, hace locura tras locura sin pensárselo dos veces, desde tirarse de un coche en movimiento como declaración de intenciones (uno de los grandes memes del año) hasta soltar a una autoridad que, de haber su madre abortado, la vida sería mejor para todos. Ella no es Gerwig, como ya se ha dicho, pero al tiempo lo es y mucho, pues gran parte del libreto parte de su propia vida, empezando por una relación de amor-odio con la infancia que, sin requerir la espectacularidad de Boyhood (Richard Linklater, 2014), la pequeña cinta plasma a la perfección en lo que supone otro bellísimo tributo al proceso de crecer.

14 septiembre 2017

Los horrores de ‘It’ (cómo vencerlos)

«Si ser un niño es aprender a vivir, entonces ser adulto es aprender a morir», reza uno de los mejores pasajes de It (1986), la icónica novela de Stephen King que acaba de ser llevada a la pantalla grande por todo lo alto por el argentino Andrés Muschietti, director de Mama (2013), con la popular serie Stranger Things (2016) como maravilloso referente. Tan potente frase no aparece en la película, pero su ímpetu está presente en ella de principio a fin, sirviendo It (2017; primera mitad de un prometedor díptico que será zanjado en 2019) como una de las mejores representaciones audiovisuales que se recuerdan sobre los miedos infantiles y la pérdida de la inocencia.

Jaeden Lieberher, Jeremy Ray Taylor, Sophia Lillis, Chosen Jacobs, Jack Dylan Grazer, Wyatt Oleff y Finn Wolfhard en It (2017)
¡Bravo por el trabajo de casting de It!
Bellamente escrito por Chase PalmerGary Dauberma y Cary Fukunaga, el guion de It muestra a una deliciosa pandilla de amigos enfrentados al aterrador payaso Pennywise (un magníficamente inquietante Bill Skarsgård apoyado en el gran trabajo de los departamentos de maquillaje y efectos visuales), cuya maldad parece remontarse a eones atrás. Empero, tan entretenida como emocionante, esta aventura paranormal es prácticamente un juego comparada a los horrores que estos viven en el día a día. Así, sea por ser negro, por ser gordo, tartamudo o asmático, por llevar gafas o por cargar con falsas acusaciones de lujuria sobre los hombros, todos y cada uno de ellos son presa de un acoso diario dispuesto a mermar su autoestima precisamente en el momento de forja de la misma. Además, lejos de tener el efecto protector que se espera de ellos, sus progenitores no hacen sino amplificar el horror, bien a modo de maltratadores o acosadores sexuales, bien ejerciendo una sobreprotección colmada de prejuicios o directamente no haciendo nada de nada por comprender a quienes tan necesitados están de referentes (que ellos no sean capaces siquiera de ver los estragos del payaso no es en absoluto baladí). Los jovencísimos Jaeden Lieberher, Jeremy Ray Taylor, Sophia Lillis, Chosen Jacobs, Jack Dylan Grazer, Wyatt Oleff y Finn Wolfhard (protagonista de la mentada Stranger Things en un rol diametralmente opuesto) conforman el genial septeto principal con la perfecta mezcla de inocencia y ternura, heredando el carácter hipnótico de las estrellas juveniles de los 80 y atrapando al espectador desde el primer momento como individuos perfectamente definidos pero también como piezas imprescindibles de un grupo de supuestos “losers” con el que el espectador se identificará desde el comienzo.

29 mayo 2017

'No sé decir adiós': cuando la vida se esfuma entre los dedos

Como el primer gran escaparate anual del cine español, el Festival de Málaga siempre nos ofrece un par de joyas, generalmente óperas primas, a las que seguir la pista hasta la entrega de los Goya. Este año estas son indudablemente Verano 1933, de Carla Simón, y No sé decir adiós, de Lino Escalera. Mientras esperamos a la llegada a las salas de la primera, hablemos de la segunda, un excelente drama que se alzó con el Premio Especial del Jurado (Biznaga de Plata) y una Mención Especial del Jurado de la Crítica al trabajo actoral, así como con reconocimientos individuales a mejor interpretación femenina (Nathalie Poza), mejor actor de reparto (Juan Diego) y mejor guion (Pablo Remón y Lino Escalera), todos ellos enormemente merecidos.

Juan Diego y Nathalie Poza en No sé decir adiós
Los constantes fundidos a negro de No sé decir adiós
nos recuerdan las eternas reaperturas de la vida
La ópera prima de Lino Escalera, un español formado en cine entre Cuba y Nueva York, es un drama sobre la aceptación de la muerte por parte de dos hijas muy diferentes: la siempre malhumorada Carla (Nathalie Poza), hastiada de una existencia vacía en la gran ciudad que trata de llenar con sexo, drogas y otros vicios que sólo acentúan su desgracia, y la bonachona Blanca (Lola Dueñas), cada vez más consciente de que quedarse en el pueblo la ha convertido en una infeliz paleta. Motivos opuestos desembocan así en la misma consternación: la vida se está esfumando entre sus dedos por no haber sido ninguna de las dos capaz de sacarle el máximo partido. Así, pese a que el repentino cáncer del padre (Juan Diego) es lo que desencadena la trama, son realmente las vidas de las dos hijas las que se ganan nuestra preocupación e identificación: para bien y para mal, él ya ha disfrutado de una larga y próspera existencia, ¿pero acaso no están ellas muertas en vida? Por suerte, siempre hay esperanza, aunque quizá más para una que para otra, lo cual sólo depende de su forma de ver las cosas: Carla tiene múltiples posibilidades a su alcance, pero se empeña en ver siempre el lado negativo, echar tierra sobre su propio tejado y destruir cualquier opción de redención, mientras que la más inocente Blanca, aunque atrapada en una existencia pueril, mantiene la ilusión por seguir disfrutando de ella (mientras Carla recuerda con una mezcla de nostalgia y amargura sus pinitos en el ballet, Blanca hace inesperados planes para dedicarse al teatro, una profesión cuyo mayor atractivo es precisamente poder convertirse en otra persona). Al final, tanto ellas como nosotros utilizamos estos debates internos para evitar pensar en la inevitable despedida que alberga el film: aquella para la que uno sólo es capaz de despedirse cuando ya es tarde.

19 mayo 2017

'Personal Shopper': los fantasmas de una generación en busca de sentido

Entre las películas más diferentes y arriesgadas de la temporada se encuentra Personal Shopper (2016), con la que el realizador Olivier Assayas y la actriz Kristen Stewart vuelven a colaborar tras la reflexiva Viaje a Sils Maria (2014), por la que la segunda se convirtió en la primera intérprete norteamericana en alzarse con el César de la Academia del Cine Francés (a mejor actriz secundaria), dejando atrás definitivamente su espantosa "etapa Crepúsculo". Pese a dividir a la prensa a su paso por Cannes, Olivier Assayas dejó el certamen con el premio a mejor dirección, al cual había optado sin éxito en cinco ocasiones previas. Y es que, aunque el deliberadamente extraño guion del propio cineasta puede resultar frustrante, la dirección es tan inquietante como elegante, desembocando en una de una propuesta inolvidable.

Kristen Stewart en Personal Shopper
De la noche a la mañana, Stewart se ha convertido en
una de las estrellas más interesantes del momento
La trama de Personal Shopper no podría ser más peculiar: Maureen, una joven estadounidense hipnóticamente encarnada por Stewart, empieza a recibir extraños mensajes anónimos mientras trabaja en París a cargo del guardarropa de una celebridad, única forma que ha encontrado de pagar su estancia mientras espera una manifestación del espíritu de Lewis, su hermano gemelo (con quien pactó que el primero que muriera contactaría con el otro desde el más allá). La joven se encuentra en la ciudad más bella del mundo, pero es incapaz de disfrutarla al haber de rendir cuentas en todo momento a una jefa caprichosa: "me paso el día haciendo cosas que, no sólo no quiero hacer, sino que me impiden hacer aquellas que realmente quiero hacer", exclama la chica, en un grito de socorro que podría perfectamente proferir la Generación del Milenio en su conjunto. Para colmo, la única parte interesante de su trabajo (probarse las prendas de ropa a la hora de decidir cuáles adquirir) está prohibida, lo cual la vuelve aún más llamativa; que Maureen prefiera saltarse las normas no es baladí: harta de que le digan qué (no) puede hacer, la juventud contemporánea está decidida a sacar el máximo partido a la existencia, luchando por dejar atrás el inevitable carácter conformista de los relativamente más duros tiempos de sus progenitores. En el pasado, se instaba a la población a mantener los pies en la tierra; ahora, se nos insta a soñar despiertos, aun cuando no siempre haya recompensa para los valientes soñadores. Maureen fantasea con otra vida, incluso con ser otra persona, lo que dota las escenas en que opta por probarse sugerentes vestidos ajenos de enorme poder: de pronto, es otra persona, aunque no necesariamente quien desea ser.

10 mayo 2017

La saga 'Harry Potter': siete libros, ocho películas, infinita magia

Harry Potter y la piedra filosofal (2001)
La llegada a Hogwarts de La piedra filosofal es
uno de los momentos más mágicos de toda la saga
Aunque las apariencias llevan a pensar que Harry Potter es el típico proyecto cinematográfico nacido con el único afán de inflar las arcas de Hollywood, lo cierto es que la historia que hay detrás es bastante más íntima y romántica. De hecho, la planificación de esta saga comenzó antes de que los libros fueran famosos siquiera, o sea, coincidiendo con la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal en 1997 (siete años después de ser concebido). En aquella época, David Heyman se encontraba en Hollywood buscando un libro infantil que pudiera ser llevado a la gran pantalla; su primera opción fue The Ogre Downstairs, (Diana Wynne Jones, 1974), pero su equipo de producción, Heyday Films, le hizo llegar una copia de la novela de J. K. Rowling, de la que se enamoró al instante. El productor llevó entonces el proyecto a Warner Bros., estudio con el que tenía un acuerdo de colaboración, y juntos lograron convencer a la que ahora es la escritora más rica del mundo de que cediera sus derechos (recibiendo un millón de libras por los cuatro primeros libros). Las condiciones de la autora fueron estrictas, pero también clave de la calidad de las producciones: el control de la historia quedaría en sus manos, las secuelas se limitarían al material hallado en los libros y el reparto lo constituirían eminentemente intérpretes británicos.

12 febrero 2017

'Moonlight': homosexualidad herida

Pese a la supuesta aceptación generalizada de la homosexualidad en occidente, las películas importantes centradas en esta temática que se estrenan cada año siguen contándose con los dedos de la mano. Películas interesantes sobra la realidad LGTB hay muchas, sí; y también son varias las cintas visualmente extraordinarias y narrativamente innovadoras donde la temática se aborda de pasada. Pero las obras que combinan ambas facetas, o sea, aquellas que plasman una realidad todavía harto desconocida con respeto y sutileza a través de una puesta en escena lo suficientemente rica para cautivar a espectadores no necesariamente atraídos por esta temática de antemano, son verdaderamente escasas. Por eso, la llegada de Moonlight (2016), extraordinario segundo trabajo del realizador afroamericano Barry Jenkins, merece un sonoro aplauso.

Ashton Sanders en Moonlight
Ashton Sanders encarna con fuerza al "Chiron
adolescente", un personaje enjaulado por el mundo
Pese a encontrarse entre las favoritas de la temporada de premios (se alzó con el Globo de Oro a mejor drama y cuenta con 8 nominaciones a los Oscars: película, director, guion adaptado, actor de reparto, actriz de reparto, fotografía y montaje), Moonlight nació como un proyecto muy pequeño al que costó lo suyo desarrollarse. En el año 2003 Tarell Alvin McCraney escribió la obra teatral semiautobiográfica Moonlight Black Boys Look Blue como respuesta a la muerte de su madre a manos del SIDA. La obra permaneció en un cajón durante una década hasta servir de base a Moonlight, lo que explica que esta cinta opte al Óscar a mejor adaptación pese a tratarse de una historia que ve la luz por primera vez. Tras su ópera prima, Medicine for Melancholy (2008) —que curiosamente recordaba a Antes del amanecer (1995) cuando Moonlight recuerda a Boyhood (2014), ambas de Richard Linklater, Jenkins escribió varios guiones que no llegaron a producirse, con lo que, cuando en 2013 la productora Adele Romanski le instó a dirigir su segundo largometraje, el joven recibió la oportunidad de partir de la obra de McCraney con los brazos abiertos. Juntos pasaron del formato teatral al cinematográfico, añadiendo el importante detalle de dividir la obra original en tres capítulos en función de la edad y los apodos del protagonista: niñez (i. Little), adolescencia (ii. Chiron) y madurez (iii. Black).

01 febrero 2017

La fascinación por el cine zombi

Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016)
Train to Busan es una de las revelaciones del año
El último Festival de Sitges acogió dos nuevas joyitas del cine de zombis: la surcoreana Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016) y la británica Melanie. The Girl With All the Gifts (Colm McCarthy, 2016), ambas en cartelera. La primera recurre a un ritmo trepidante para contar algo mil veces visto (la expansión de un virus letal, en este caso por Corea del Sur) como nunca lo hemos visto (centrando gran parte de la acción en un tren KTX que viaja de Seúl a Busan, lo que hace lleva a irremediablemente en Rompenieves (Bong Joon-ho, 2013), el último taquillazo del cine surcoreano), sorprendiendo al espectador en todo momento sin dejar de jugar con los clichés del género, mientras que la segunda apuesta por un tempo más pausado y sosegado que sume al espectador en un sueño posapocalíptico verdaderamente inteligente. Train to Busan se alzó con los premios concernientes a mejor director y mejores efectos visuales; Melanie. The Girl With All the Gifts, con el relativo a mejor actriz para la debutante Sennia Nanua, quien encarna al miembro más especial de una generación nacida mitad “hambrienta”, mitad humana. El éxito internacional de crítica y público de ambas producciones nos recuerda que el cine de zombis todavía tiene mucho que contar.

16 enero 2017

'La ciudad de las estrellas': cuando los sueños se hacen realidad

People love what other people are passionate about”. Esta maravillosa frase de La ciudad de las estrellas (La La Land, 2016) —que podría traducirse (sin el mismo efecto, como suele suceder con el doblaje) como “a la gente le encanta lo que apasiona a los demás”— resume a la perfección la esencia del tercer filme del jovencísimo Damien Chazelle, quien lo ideó nada más ofrecer Guy and Madeline on a Park Bench (2009) pero sólo encontró apoyos suficientes para producirlo tras triunfar internacionalmente con la impactante Whiplash (2014). Y es que, habiendo transcurrido más de medio siglo desde los tiempos de Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly y Stanley Donen, 1952), ¿quién iba a apostar por tan arriesgado regreso al pasado? Por suerte, la deliciosa nostalgia que ha invadido la segunda década del siglo XXI no se ha limitado a galaxias lejanas (Rogue One, de Gareth Edward) y cuentos infantiles (El libro de la selva, de Jon Favreau), sino que ha ido poco a poco llegando a todos los ámbitos. Y el musical no ha sido la excepción.

La ciudad de las estrellas (La La Land, 2016)
En La ciudad de las estrellas, Emma Stone y Ryan
Gosling forman pareja cinematográfica por tercera vez
Antes de adentrarse a discutir La ciudad de las estrellas, conviene recordar que el declive del género musical en los años 60 fue fruto de un cúmulo de acontecimientos. De pronto, los centros comerciales, la televisión y la propia evolución del séptimo arte ofrecían a los ciudadanos estadounidenses (que, a fin de cuentas, siempre han sido los jueces de la cultura de masas) una oferta de entretenimiento mucho más amplia que terminó reduciendo la capacidad de las producciones musicales de recuperar sus exageradas inversiones. Quizá el realismo europeo no contagiara a Hollywood (que, de hecho, se embarcaría pronto en un viaje sin retorno colmado de efectos especiales), pero sí educó a los cada vez más modernos espectadores en un tipo de arte donde los repentinos cantos y bailes parecían invitar más al sonrojo que a la diversión. Todo esto coincidió con el ocaso del sistema de estudios, el cual, como todo sistema, tenía sus lacras pero resultaba innegablemente práctico a la hora de crear cine en serie de calidad. Y así fue como de la noche a la mañana el musical pasó de constituir el entretenimiento cinematográfico por excelencia a desaparecer prácticamente de las salas (a las que tan sólo llegaría ya de vez en cuando a modo de adaptación teatral). En el año 2001, el australiano Baz Luhrmann reavivó el género con Moulin Rouge, una obra posmoderna tan fascinante como infiel al espíritu clásico: relato escabroso, montaje trepidante y partitura a base de remixes frente a la sencillez narrativa, la apuesta por los planos secuencia y la música original de clásicos como Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951). Considerada para bien y para mal como “un videoclip de dos horas de duración”, Moulin Rouge no dejó a nadie indiferente (enamorando justamente a más de uno), pero por motivos obvios no atrajo especialmente a los amantes del género y, por consiguiente, tampoco sentó un nuevo comienzo para este.

07 diciembre 2016

‘Paterson’: poesía reaccionaria

El último film del maestro del cine independiente estadounidense Jim Jarmusch probablemente sea su creación más aclamada hasta la fecha, como prueban los múltiples aplausos y galardones que ha recibido desde su paso por un Cannes del que se fue de vacío para congoja generalizada. Nadie ha salido mejor parado que su protagonista, Adam Driver, quien, tras tropezar como el decepcionante villano de Star Wars. El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), ha dado por fin con un papel que nos permita olvidar al icónico personaje al que sigue dando vida en la genial serie Girls. En Paterson (2016) el peculiar actor encarna a un conductor de autobús y poeta aficionado llamado Paterson que vive en —valga la redundancia— Paterson (Nueva Jersey) en compañía de su novia y el perro de esta. Día a día, ella busca maneras de combatir la monotonía con platos originales, actividades culturales y nuevos hobbies, pero él, más sencillo, parece encontrar la felicidad en los pequeños —rutinarios— placeres de la vida, peculiar contraste que podría ser meramente anecdótico de no ser por el modo en que Jarmusch aborda a ambos personajes.

Dos polos enfrentados en Paterson
Como protagonista indiscutible del film al que da nombre, Paterson se gana rápidamente la identificación del espectador aun cuando su escasa expresividad no siempre permite entrever lo que pasa por su cabeza. De este modo, aprendemos a valorar su tranquila existencia, que comienza (como tantas otras) con el despertador, prosigue por la jornada de trabajo al mando del autobús (con triviales conversaciones ajenas como sonido de fondo), continúa por el hogareño reencuentro con su pareja y concluye en un bar que ocasionalmente le depara alguna que otra sorpresa. Al igual que en otras cintas del realizador como Mystery Train (1989) o Noche en la tierra (1991), el tiempo constituye el corazón de una obra narrada cadentemente de lunes a lunes, contando los silencios y las pausas con tanta relevancia como el sonido y los diálogos. Entretanto, las poesías que van naciendo de la rica imaginación de Paterson dan un toque mágico a sus pequeños quehaceres, acentuando el contraste entre la mecánica conducción de autobuses y la pasional creación cultural. Por desgracia, la tercera etapa diaria, aquella que el protagonista comparte con su compañera de vida, parece aprovechar el entumecimiento en el que nos sume la película para transmitir señales harto reaccionarias. Así, frente a la respetable cautela del protagonista, los constantes intentos de su pareja por probar cosas nuevas (desde preparar un inédito pastel de brócoli hasta tomar clases de guitarra) son constantemente ridiculizados, pareciendo querer instar al espectador a contentarse con la aburrida seguridad que lo rodea en lugar de luchar por sueños que no contar con los pies en la tierra vuelve inevitablemente absurdos.

11 noviembre 2016

'El ciudadano ilustre': conformismo pueblerino vs. cinismo intelectual

La hipocresía es uno de los elementos más peligrosos de la sociedad. Lo inunda todo sin que nos demos cuenta. Y, encima, resulta difícil luchar contra ella sin hacerlo desde la propia hipocresía. ¿Es hipócrita sentirse realizado por solucionar económicamente la vida a una persona en concreto cuando muchos son los que necesitan ayuda sin tener ocasión de pedirla? Probablemente. Pero, ¿acaso no es más hipócrita negar una ayuda que puede concederse sin problema por el mero hecho de evitar sentirse hipócrita al hacerlo? Estas cuestiones corresponden a un momento fugaz de El ciudadano ilustre (2016), pero, de alguna manera, reflejan la esencia de una obra que renuncia a las respuestas fáciles pero no al constante cuestionamiento de los valores del mundo contemporáneo, los cuales prueban no ser necesariamente más “humanos” en pueblos tradicionales que en ambientes más modernos habitualmente ligados a la pérdida de los mismos.

El ciudadano ilustre ganó la Espiga de Plata y el premio
a mejor guion de la Seminci y es favorito al Goya latino
La película que nos ocupa constituye la nueva colaboración de la pareja de realizadores integrada por Mariano CohnGastón Duprat, artífices de El artista (2008) y El ciudadano de al lado (2009). Nos hallamos ante la historia de un aclamado escritor argentino recién receptor del Premio Nobel que, para sorpresa de todos, decide cancelar sus múltiples compromisos para ser nombrado “ciudadano ilustre” en Salas, lugar que —como todos aquellos que lo han acogido— dista mucho de poder considerarse un hogar para él. Irónicamente, el ficticio autor lleva cuarenta años sin volver a su pueblo natal y sin embargo ha forjado su carrera a base de escribir sobre él desde una mezcla de nostalgia y resentimiento. “Creo que hice una sola cosa en toda mi vida: escapar de ese lugar”, dice el complejo protagonista al comienzo del film, demasiado pronto para que podamos conocer los motivos. Merecidamente laureado en Venecia, Óscar Martínez lo encarna con solvencia, dotándolo de la dualidad que requiere: la ternura transmitida por un hombre cansado de estar vivo para quien la vuelta a casa supone un reencuentro consigo mismo frente a la antipatía despertada por alguien abiertamente enfadado con un mundo conformista al que no se cansa de dar lecciones. Por supuesto, gran parte del mérito corresponde al libreto de Andrés Duprat, maestro del humor irónico, mordaz y filosófico que no por casualidad comparte padres con uno de los realizadores (con los que acostumbra a trabajar). Sea cual sea el contexto —desde la aceptación del prestigioso Nobel hasta la organización de un pequeño concurso pictórico de pueblo—, guionista y personaje aprovechan para dejar a la sociedad por los suelos sin prestarle siquiera una mano para levantarse de nuevo.

28 octubre 2016

'Maggie's Plan': controlar el destino

Maggie tiene un plan tras otro. Algunos, como la decisión de ser madre soltera, la implican sólo a ella (o, ¡ay la ingenuidad!, eso se cree). Otros van más allá, involucrándose intrusivamente en la vida de los demás hasta rozar el absurdo. Todo ello, desde las mejores intenciones. A simple vista, Maggie puede parecer una psicópata manipuladora, pero basta conocerla para comprobar que su afán por controlarlo todo tan sólo esconde una encantadora inocencia bañada de inseguridad. Y es que, en realidad, Maggie es la mejor amiga que se puede tener, alguien dispuesto a poner la satisfacción ajena por delante de la suya, así como a hacer las mayores locuras por el bien de los demás (al margen de que sea ella a quien debemos el “mal” previo). ¿Pero quién es Maggie? Pues nada más y nada menos que la maravillosa Greta Gerwig, la única intérprete que podría dar al personaje tan perfecta mezcla de candor y chifladura, tal y como ya probó en las maravillosas Frances Ha (2012) y Mistress America (2015), ambas dirigidas por Noah Baumbach y ambientadas, al igual que la película que nos ocupa, en un flamante Nueva York que, invadido por tan apacible música y tan frescos diálogos, vuelve inevitable pensar en el gran Woody Allen.

Maggie's Plan nos recuerda cuán frágiles y peculiares
son en última instancia las relaciones humanas
Maggie’s Plan (2016) es el último largometraje de Rebecca Miller, cuyas Angela (1995), Intimidades (2002), La balada de Jack y Rose (2005) y La vida privada de Pippa Lee (2009) también contaban con carismáticas mujeres como protagonistas. Y probablemente sea el mejor de los cinco. Parece por tanto que a la guionista y realizadora de Connecticut le ha sentado bien el salto a la comedia, si bien sus andaduras en el drama son latentes en la melancolía que inunda su quinto trabajo. Así, como sucede en las mejores creaciones de los mencionados Allen y Baumbach, el dramático contexto se aborda desde un humor tan simpático como punzante que, lejos de evitar tomarse en serio a los personajes, fomenta la empatía hacia ellos. Que casi todos los diálogos sean dignos de enmarcar para el recuerdo quizá sea irreal, pero es una licencia que, no sólo debe aceptarse como es, sino que curiosamente no rompe con la perenne naturalidad pretendida. A ello beneficia un excelente reparto donde encontramos, junto a la genial Gerwig, a la versada Julianne Moore, los siempre frescos Bill Hader y Maya Rudolph, el rudo vikingo Travis Fimmel y un Ethan Hawke habituado al tono de la propuesta gracias a sus colaboraciones con Richard Linklater.

El cartel de Maggie's Plan resalta
la relación entre Gerwig y Hawke
Borrosa como la vida misma, la película tiene en el destino su tema principal: ¿podemos jugar con él o somos sus prisioneros? Que todos somos esclavos de nuestros hijos nonatos es sólo una de las curiosas ideas nacidas de un guion siempre dispuesto a sorprender y enamorar. Tal y como hacía Mia Hansen-Løve en la magnífica El porvenir (2016), la reflexión vital se entremezcla con la cotidianidad para cobrar una dimensión tan cercana como filosófica. Entretanto, el amor se presenta frágil e inestable, pero también como una red de salvamento. Al final, nos hallamos ante la historia de varias almas perdidas entre sentimientos no siempre fáciles de comprender, lo que los sitúa en un complejo juego donde nadie tiene claro qué hacer para ganar. Todos se encuentran a años luz de la perfección, no temiendo el desprejuiciado guion adentrarse en el patetismo a sabiendas de que los ha dotado de suficiente humanidad para que los aceptemos tal y como son. Tan profunda como sencilla, Maggie’s Plan es una joyita sobre el desamor, la frustración, la soledad, el fracaso, las meteduras de pata y otros pequeños problemas que el día a día contemporáneo nos ha enseñado a afrontar y, a ser posible, superar con una sonrisa.

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