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11 diciembre 2021

Premios de Cine Europeo 2020: justicia para 'Quo Vadis, Aida?'

Si el mundo fuera justo, la bosnia Jasmila Zbanic tendría en su poder el último Oscar a mejor película internacional. Pero fue Thomas Vinterberg con la tremendamente sobrevalorada Otra ronda quien se llevó el gato al agua tanto ahí como en los EFA 2020. Por desbarajuste de estrenos, Quo Vadis, Aida?, la magnífica y devastadora mirada a uno de los capítulos más tristes de la Guerra de los Balcanes, competía con ella en Hollywood pero no en Europa. Nunca sabremos cómo se habría saldado el duelo a esta lado del charco, pero sí que, en los EFA 2021, Quo Vadis, Aida? se ha hecho con pleno merecimiento con los reconocimientos a mejor película, dirección (para la mentada Zbanic, la tercera mujer que lo consigue) y, claro, actriz para la inmensa Jasna Djuricic.

Quo Vadis, Aida?
Quo Vadis, Aida?

Por su parte, El padre se ha llevado las mismas menciones que consiguió en los Oscars: guion para Florian Zeller (también director y autor de la obra teatral original, que plasma brillantemente la angustia da le vejez y el Alzheimer) y Christopher Hampton y actor para el gran Anthony Hopkins, que, a sus 83 años, no ha recogido personalmente ninguno de los dos reconocimientos. Era su segundo Oscar, pero su primer EFA (también, su primera nominación), algo en apariencia sorprendente al tratarse de uno de los actores europeos más queridos de todos los tiempos, pero no tanto considerando que buena parte de su carrera ha acontecido en Hollywood.

El padre
El padre

Entretanto, el italiano Paolo Sorrentino, que conquistó estos galardones con las muy pretenciosas La gran belleza (2013) y La juventud (2015), se ha ido esta vez de vacío con Fue la mano de Dios a pesar de ser su mejor película, destino compartido por el finlandés Juho Kuosmanen y su absorbente Compartimento Nº 6. Asimismo, la última Palma de Oro, la muy divisoria Titane de Julia Ducournau, ha debido conformarse con el entorchado a mejor maquillaje y peluquería para Flore Masson, Olivier Afonso y Antoine Mancini, ciertamente el único que merecía. Ojalá ver la cinta en los Oscars a través de dicha categoría, que cuenta con el gremio más sensible al talento extranjero.

Un polvo desafortunado o porno loco
Un polvo desafortunado o porno loco

Los cinco filmes mencionados eran los aspirantes al apartado principal y por tanto los favoritos de la edición, pero, entre los nominados en otras categorías cabe mencionar también la polémica y brillante Un polvo desafortunado o porno loco, por la que el rumano Radu Jude se hizo con el último Oso de Oro, y la muy fresca La peor persona del mundo, de Joachim Trier, una de las grandes favoritas al próximo Oscar internacional. Aquí lamentablemente el palmarés no tenía hueco para ellas (realmente, hay pocos premios y muchas películas destacables).

La peor persona del mundo
La peor persona del mundo

Entre los títulos que sí han sido laureados está la popular comedia negra Una joven prometedora, impactante mirada a los abusos sexuales que ha dado a la británica Emerald Fennell, hasta ahora conocida como la Camilla Parker Bowles de la serie The Crown (2016-), el codiciado Premio Discovery. Sí, Carey Mulligan también ha perdido aquí. Al Reino Unido se ha ido también merecidamente el mejor diseño de vestuario, recogido por Michael O'Connor por su meticuloso trabajo en el Ammonite de Frances Lee, cuyo mediocre guion es el único responsable de que Kate Winslet no estuviera siquiera nominada por una de las mejores interpretaciones de su carrera (suerte que los premios televisivos sí se han acordado de ella con la miniserie Mare of Easttown, 2021).

Ammonite
Ammonite

Además de Quo Vadis, Aida? y El padre, dos películas se han llevado más de un premio, ambas curiosamente con temática gay: Great Freedom, el bello drama carcelario del austriaco Nils Petter Molvær (fotografía para Crystel Fournier y música para Peter Brötzmann y Sebastian Meise), y Flee, la reveladora historia de un inmigrante afgano que nos ha regalado Jonas Poher Rasmussen (animación, documental y Premio European University Film). Precisamente este último título aspira al récord de ser nominado a los Oscars a mejor película de animación, documental e internacional, que cada vez se antoja más plausible a pesar de que las tres categorías son dadas a la sorpresa.

Great Freedom
Great Freedom

Lamb, la revelación del último Festival de Sitges, no ha dado el Premio Discovery a Valdimar Jóhannsson, pero sí los mejores efectos visuales a Peter Hjorth y Fredrik Nord, máximos responsables del extraño carácter de la propuesta. El cine de género rara vez tiene presencia en los EFA. Tampoco la comedia, que cuenta para compensar con su propia categoría, cuya vencedora en esta ocasión ha sido la simpática Ninjababy, de la noruega Yngvild Sve Flikke. España, que no ha tenido un año cinematográfico demasiado reseñable, contaba ahí con su única mención en esta edición, gracias al meramente correcto Sentimental de Cesc Gay.

Ninjababy
Ninjababy

También hay que mencionar las distinciones recibidas por Unclenching The Fists, de la rusa Kira Kovalenko (montaje para Mukharam Kabulova); Natural Light, del húngaro Dénes Nagy (diseño de producción para Márton Ágh), y The Innocents, del noruego Eskil Vogt (sonido para Gisle Tveito y Gustaf Berger, muy merecido), que contaron con el beneplácito de los respectivos jurados técnicos pero no estaban presentes en ninguna de las categorías a concurso. A destacar, por último, que My Uncle Tudor, de Olga Lucovnicova, ha sido reconocido como mejor cortometraje y que la excelente serie Small Axe, de Steve McQueen, se ha alzado con el Premio innovación en la narrativa, de reciente creación.

Flee

El sentido de espectáculo ha vuelto a brillar por su ausencia en la gala, pero ha sido un gran año para el cine europeo y así lo han plasmado los EFA, en una 34ª edición muy inspirada. Eso es lo más importante. Ahora solo queda desear mucha suerte a estas películas en la Oscar Race y, sobre todo, confiar en que lleguen al máximo número de espectadores posibles. A fin de cuentas, son nuestras historias y merecen ser escuchadas. Y vistas, claro.

31 marzo 2019

'Dolor y gloria': puro Almodóvar

Detestado e idolatrado a partes iguales, Pedro Almodóvar es sin lugar a dudas el creador más emblemático de la cinematografía española, con lo que cada uno de sus hasta ahora veintiún estrenos ha constituido toda una efeméride. Sin embargo, desde aquella vuelta a los orígenes que representó Volver (2006), ninguna de sus producciones había estado a la altura de clásicos como Entre tinieblas (1983), La ley del deseo (1987), ¡Átame! (1989), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), Todo sobre mi madre (1999) o Hable con ella (2002); al menos, desde el punto de vista de quien firma estas líneas. Todas eran interesantes y entretenidas (sí, incluso Los amantes pasajeros, 2013), pero faltaba algo que por fin hemos recuperado con Dolor y gloria (2019), otro retorno al pasado en el que, tal y como ya hizo con La mala educación (2004), el manchego remueve más que nunca sus propios recuerdos.

Antonio Banderas en Dolor y gloria
Antonio Banderas ofrece en Dolor y gloria
la mejor interpretación de su carrera
Dolor y gloria entrelaza dos momentos de la vida de Salvador Mallo, álter ego de Almodóvar al que da vida en su etapa infantil, en unos años 60 de (auto)descubrimiento, el debutante Asier Flores (actor nato, según el realizador) y en su etapa adulta, cuando ya en los 80 es un cineasta atosigado tanto por el dolor físico como por el que acarrea su memoria, un magnífico Antonio Banderas. Que hay mucho de Almodóvar en el personaje es evidente, y no sólo porque los unen época, carácter y hasta estética, sino porque la salud del propio cineasta atravesó hace poco un mal momento tras el que, para bien y para mal, no ha vuelto a ser el mismo. En la que constituye sin duda su mejor interpretación hasta la fecha (el Goya por fin será suyo, no hay duda), Banderas desborda significado con cada gesto, invitándonos a evocar un pasado confeccionado a partes iguales por la remembranza y la imaginación del propio Almodóvar. La escena en que nos mira desde esas aguas donde parece sumergirse en busca de consuelo es sencillamente mágica... y es sólo la primera.

29 mayo 2017

'No sé decir adiós': cuando la vida se esfuma entre los dedos

Como el primer gran escaparate anual del cine español, el Festival de Málaga siempre nos ofrece un par de joyas, generalmente óperas primas, a las que seguir la pista hasta la entrega de los Goya. Este año estas son indudablemente Verano 1933, de Carla Simón, y No sé decir adiós, de Lino Escalera. Mientras esperamos a la llegada a las salas de la primera, hablemos de la segunda, un excelente drama que se alzó con el Premio Especial del Jurado (Biznaga de Plata) y una Mención Especial del Jurado de la Crítica al trabajo actoral, así como con reconocimientos individuales a mejor interpretación femenina (Nathalie Poza), mejor actor de reparto (Juan Diego) y mejor guion (Pablo Remón y Lino Escalera), todos ellos enormemente merecidos.

Juan Diego y Nathalie Poza en No sé decir adiós
Los constantes fundidos a negro de No sé decir adiós
nos recuerdan las eternas reaperturas de la vida
La ópera prima de Lino Escalera, un español formado en cine entre Cuba y Nueva York, es un drama sobre la aceptación de la muerte por parte de dos hijas muy diferentes: la siempre malhumorada Carla (Nathalie Poza), hastiada de una existencia vacía en la gran ciudad que trata de llenar con sexo, drogas y otros vicios que sólo acentúan su desgracia, y la bonachona Blanca (Lola Dueñas), cada vez más consciente de que quedarse en el pueblo la ha convertido en una infeliz paleta. Motivos opuestos desembocan así en la misma consternación: la vida se está esfumando entre sus dedos por no haber sido ninguna de las dos capaz de sacarle el máximo partido. Así, pese a que el repentino cáncer del padre (Juan Diego) es lo que desencadena la trama, son realmente las vidas de las dos hijas las que se ganan nuestra preocupación e identificación: para bien y para mal, él ya ha disfrutado de una larga y próspera existencia, ¿pero acaso no están ellas muertas en vida? Por suerte, siempre hay esperanza, aunque quizá más para una que para otra, lo cual sólo depende de su forma de ver las cosas: Carla tiene múltiples posibilidades a su alcance, pero se empeña en ver siempre el lado negativo, echar tierra sobre su propio tejado y destruir cualquier opción de redención, mientras que la más inocente Blanca, aunque atrapada en una existencia pueril, mantiene la ilusión por seguir disfrutando de ella (mientras Carla recuerda con una mezcla de nostalgia y amargura sus pinitos en el ballet, Blanca hace inesperados planes para dedicarse al teatro, una profesión cuyo mayor atractivo es precisamente poder convertirse en otra persona). Al final, tanto ellas como nosotros utilizamos estos debates internos para evitar pensar en la inevitable despedida que alberga el film: aquella para la que uno sólo es capaz de despedirse cuando ya es tarde.

02 septiembre 2016

'No respires'... (O no lo harás más.)

Cuenta Federico Álvarez que subió su cortometraje Ataque de pánico (2009), de apenas 300 dólares de presupuesto y 5 minutos de duración, a Youtube un jueves, y al lunes siguiente tenía su correo electrónico lleno de ofertas de Hollywood. A las pocas semanas, Sam Raimi le ofreció un contrato de exclusividad que lo llevaría a dirigir el remake de su propia Posesión Infernal (1981), dando lugar al interesante film homónimo del 2013, así como el thriller No respires (2016), idea que el realizador uruguayo decidió llevar a cabo por encima de otras propuestas más colosales pero menos personales. Siendo objetivos, poco hay en Ataque de pánico más allá de sorprendentes efectos especiales, pero no por ello deja de ser la labor de Fede Alvárez digna de nuestros aplausos considerado los escasísimos medios con los que logró ponerse a la altura de las superproducciones huecas de Michael Bay o Roland Emmerich. Vamos, que el entusiasmo estaba más que justificado.

La ceguera dota al villano de un hándicap
que da a No respires una esencia propia
Es además de agradecer que su segundo largometraje, No respires (Don’t Breathe, 2016), se haya distanciado tanto del primero, decisión que Álvarez tomó en respuesta a las críticas recibidas por su ópera prima a raíz de ser un remake multimillonario lleno de sangre centrado en dejar en shock a la audiencia. En contraposición, este elegante thriller reduce el gore al mínimo y fomenta el suspense a partir de la mitad de presupuesto. En él, tres jóvenes quedan atrapados en la casa de un psicópata al que pretendían robar, pasando de delincuentes a víctimas sin ser conscientes de ello hasta ser demasiado tarde. De esta forma, se da una vuelca de tuerca a films como Funny Games (Michael Haneke, 1997), La habitación del pánico (David Fincher, 2002) o The Purge (James DeMonaco, 2013), en los que era la casa de los propios protagonistas la que se convertía en terrorífico lugar de encierro, cobrando así el film una esencia diametralmente opuesta (quedar atrapado en el propio hogar permite jugar con ventaja, pero también acrecienta la sensación de perenne inseguridad). En No respires, los jóvenes encarnados por Jane Levy —quien ya protagonizó el film previo del realizador—, Dylan Minnette —estrella de Pesadillas (Rob Letterman, 2015)—, y Daniel Zovatto —coprotagonista de la fascinante It Follows (David Robert Mitchell, 2014)— viven una verdadera pesadilla a manos del rudo psicópata al que pretendían robar —el Stephen Lang que ya nos aterró en Avatar (James Cameron, 2009) y volverá para las secuelas—, a quien el guion de Rodo Sayagues y el propio realizador arrebata la visión para dar a los protagonistas alguna posibilidad. De esta forma, se obtiene el efecto opuesto al conseguido por el cásico Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967), donde Audrey Hepburn encarnaba a una ciega dramáticamente acorralada en su propio hogar.

04 agosto 2016

'Theo y Hugo, París 5:59': ¿y después del cuarto oscuro... qué?

Desde que empezó a hacer acto de presencia en el cine, la homosexualidad ha estado ligada a la segunda parte del vocablo, hasta el punto de que prácticamente no se concibe una película protagonizada por homosexuales sin algún instante subido de tono. Según la obra, esta decisión puede verse, bien como un resquicio más de homofobia, bien como todo un acto de reivindicación, pero muchas de estas escenas están sencillamente fuera de lugar, aportando poco o nada al desarrollo de la acción y los personajes más allá de recordarnos que estos, efectivamente, tienen —como la mayoría de la población mayor de edad— relaciones sexuales. No es este el caso de las grandes obras de temática LGTB que nos ha regalado el cine francés últimamente, comenzando por La vida de Adele, de Abdellatif Kechiche, y El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, aclamadas a su paso por el Festival de Cannes del 2013, y, ahora, la extraordinaria Theo y Hugo, París 5:59, una película más humilde pero igual de hermosa que ha pasado tristemente desapercibida pese a contener (al igual que sus dos predecesoras) una de las historias de amor homosexual —o de amor, a secas— más maravillosas que recuerda el séptimo arte.

Theo y Hugo, París 5:59 (Théo et Hugo dans le même bateau, 2015)
Geoffrey Couët y François Nambot se estrenan
en la gran pantalla con Theo y Hugo, París 5:59
Theo y Hugo, París 5:59 (Théo et Hugo dans le même bateau, 2015) es innegablemente la mejor película de Olivier Ducastel y Jacques Martineau, pareja de realizadores galos a la que debemos Jeanne y el chico formidable (1998, nominada al César a mejor dirección novel), Drôle de Félix (2000), Mi verdadera vida en Rouen (2002), Crustacés et coquillages (2005), Nés en 68 (2008) y Family Tree (2010), todas ellas con la homosexualidad como tema, sea principal o secundario. La cinta comienza en un club de sexo dominado por el deseo carnal masculino, curioso contexto en el que se conocen, entregan y enamoran Theo y Hugo (Geoffrey CouëtFrançois Nambot, ambos debutantes, ambos maravillosos). Y es que, evitando los prejuicios que suelen acompañar a esta clase de ambientes, la cinta introduce a dos jóvenes inseguros, apacibles, soñadores… y dispuestos a encontrar a su media naranja. Mas al igual que no renuncian ambos por ello al placer sexual más extremo, la envolvente cámara de Manuel Marmier no tiene reparos en retratar su encuentro en todo su ardor, presentando un tratamiento que sería tachado de mera pornografía de no estar por completo justificado de cara a lo que está por venir. Y es que, dejados atrás el anonimato y la lujuria del local, los dos jóvenes se desvelan como almas sensibles ávidas por conocerse mutuamente y comprobar si su conexión sexual puede ser el primer paso de algo mucho más grande y hermoso.

07 octubre 2015

‘Mi vecino Totoro’ y ‘Un verano en casa del abuelo’: nostálgicos veranos

Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 2015)
En 2009, Mi vecino Totoro fue elegida por la revista
Time Out como la mejor película animada de la historia
Una de las películas más queridas por los amantes del cine de animación japonés es Mi vecino Totoro (1988), obra maestra de Hayao Miyazaki. En esta bella cinta, dos hermanas se mudan con su padre al campo mientras la madre permanece enferma en el hospital, abriéndose ante ellas un mundo de fantasía (que incluye, claro está, al icónico personaje del título, diseñado por Kazuo Oga a partir de un boceto del cineasta). Lo que pocos saben es que, cuatro años antes, el taiwanés Hou Hsiao-Hsien había dirigido una película denominada Un verano en casa del abuelo (1984), cuya trama es prácticamente la misma (dejando de lado los elementos fantásticos). Mi fascinación por ambas películas me ha llevado a dedicarles una comparativa, tal y como he hecho con anterioridad con Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000) & Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012) [aquí] y Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006) & Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2007) [aquí]. Lejos de enfrentar la una contra la otra, espero que este artículo sirva para apreciar mejor la magia de estos pequeños grandes clásicos de la cinematografía asiática.

22 enero 2015

'La teoría del todo': la fuerza del amor de Jane y Stephen Hawking

La teoría del todo (James Marsh, 2014)
La teoría del todo extrapola la vida de
Stephen y Jane Hawking a la vida humana
Algunas películas, como la Perdida de David Fincher, parten de un material plagado de giros y sorpresas que nos impactan con cada plano. Otras, como La teoría del todo, lo tienen más difícil para sorprendernos. ¿Cómo asombrar al público con la archiconocida historia de uno de los científicos más famosos de la historia? ¿Cómo convertir un biopic sobre Stephen Hawking en una cinta única en su especie? ¿Cómo ganarse la identificación del espectador a través de la rigurosa ciencia? Reconozco que me enfrenté a La teoría del todo con reservas: tras la entretenida The Imitation Game, esperaba otro film biográfico británico al que la falta de innovación y credibilidad histórica impidiesen brillar con fuerza. Y, si bien no me encontré ante un desenfreno de emociones, sí disfruté de una historia real maravillosamente bien contada que resultó tener mucho más que ofrecer de lo que las apariencias auguraban.

06 julio 2014

'Bajo la misma estrella', joya sobre la muerte... que celebra la vida

Shailene Woodley y Ansel Elgort pasan de hermanos
en Divergente a enamorados en Bajo la misma estrella
Con más de dos millones de dólares de recaudación y el beneplácito de la crítica, Bajo la misma estrella ha llegado a la taquilla española dispuesta a arrasar del modo en que producciones similares como Love story (Arthur Hiller, 1970), Un paseo para recordar (Adam Shankman, 2002) o El diario de Noa (Nick Cassavetes, 2004) lo hicieron en su día. Sin embargo, Bajo la misma estrella (2014), filmada entre Pensilvania y Holanda, las supera a todas ellas por la humanidad de sus personajes y la inteligencia de su guión, que convierten al manido romance con enfermedad de por medio en una película mágica con la que todos —enemigos del drama romántico incluidos— podemos identificarnos.

21 octubre 2012

'Arrugas', la vejez en el cine y la flor del cerezo

Quizá la mejor película española del último año, Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011) se adentra en el inexplorado mundo de la vejez. Y lo hace con la suficiente sensibilidad para que el espectador empatice con sus personajes sin caer en el efectismo. Curiosamente, ha sido un film animado (mejor que cualquiera de las nominadas al Oscar en dicha categoría, por cierto) el que ha retratado mejor que nadie este difícil tema, demostrando una vez más que “animado” no es sinónimo de “infantil”.

Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011)
Arrugas es realista, pero tierna y esperanzadora
Adaptada a partir del galardonado comic de Paco Roca, la película se centra en Emilio, un anciano con Alzheimer al que su hijo deja en una residencia. Allí conoce a un argentino algo cínico llamado Miguel y a otros ancianos y ancianas que han ido a parar allí por motivos diversos. Una mujer se sienta frente a la ventana a imaginar que viaja a lugares recónditos; otra se dedica a recolectar muestras de mantequilla y mermelada para regalárselas a su nieto, la única persona que va a visitarla. El maravilloso humor nunca se antepone a la ternura hacia los personajes.
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