31 diciembre 2016

Las 100 mejores películas del 2016

La extraordinaria cosecha cinematográfica que ha llegado a la cartelera española a lo largo del 2016 vuelve especialmente ardua la elaboración de tops. Por consiguiente, no me ha quedado más remedio que quedarme con 100 títulos —todos ellos excelentes dentro de sus ámbitos— sin los cuales el año que nos deja habría sido mucho menos mágico. (A partir del puesto #30 argumento los motivos de las elecciones.)

Star Trek: Más allá (distribuidora: Paramount)
100. Noche real (A Royal Night Out, Julian Jarrold, Reino Unido, 2015). 99. Hello, My Name Is Doris (Michael Showalter, EE.UU., 2015). 98. Sunset Song (Terence Davies, Reino Unido, 2015). 84. Florence Foster Jenkins (Stephen Frears, Reino Unido, 2016). 97. Star Trek. Más allá (Star Trek Beyond, Justin Li, EE.UU., 2016). 96. Los siete magníficos (The Magnificent Seven, Antoine Fuqua, EE.UU., 2016). 95. Joy (David O. Russell, EE.UU., 2015). 94. ¡Canta! (Sing, Garth Jennings, EE.UU., 2016). 93. Nerve, un juego sin reglas (Nerve, Henry Joost y Ariel Schulman, EE.UU., 2016). 92. La reconquista (Jonás Trueba, España, 2016). 91. El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares (Miss Peregrine's Home for Peculiar Children, Tim Burton, EE.UU., 2016).

23 diciembre 2016

'Rogue One': lo mejor de Star Wars desde 'El imperio contraataca'

Como el primer spin-off de la saga galáctica por excelencia, Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, 2016) tenía una gran responsabilidad. A fin de cuentas, que la proliferación de películas planeadas por Disney al margen de la tercera trilogía fuera tomada en serio por la crítica y el público dependía plenamente de ella. Afortunadamente, el estudio líder del entretenimiento ha cuidado su gallina de los huevos de oro (tal y como viene haciendo sabiamente durante el último quinquenio en todos sus departamentos): Rogue One es todo lo que podíamos desear del primer film de la saga no centrado en la familia Skywalker (con perdón de determinadas aventuras boscosas protagonizadas por Ewoks a las que, por motivo obvios, nadie ha hecho nunca demasiado caso). De hecho, gracias al riesgo formal y narrativo asumido, ha superado la aceptación de El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), una cinta generalmente aclamada pero lastrada por su excesivas similitudes con La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977).

El regreso de Darth Vader no ha decepcionado
De hecho, pese a llevar la desprestigiada etiqueta de “spin-off”, Rogue One ha resultado ser mucho más necesaria e innovadora que su predecesora, a lo que ha ayudado contar con dos guionistas de primera: Chris Weitz —que optó al Óscar por Un niño grande (2002, dirigida junto a su hermano Paul) y ya hizo un gran trabajo para Disney en Cenicienta (2015)— y Tony Gilroy —candidato a sendos Oscars como guionista y realizador por su debut en la dirección, Michael Clayton (2007), y colaborador habitual de la saga del agente Jason Bourne—, quienes partieron de una idea de Gary Whitta (autor del guion de El libro de Eli, de Albert Hughes y Allen Hughes, 2010) y John Knoll (Supervisor General de Efectos Visuales de Industrial Light & Magic). Por su parte, el británico Gareth Edwards ha dirigido la mejor película de su carrera tras ofrecernos Monsters (2010) y Godzilla (2014), dos controvertidas aventuras que le permitieron experimentar en el resbaladizo terreno de la ciencia-ficción. Todos son seguidores de la saga, pero han sabido dejar de lado la mera fascinación para traspasar nuevos horizontes sin dejar por ello de satisfacer la nostalgia. Que John Williams haya dado paso al gran Michael Giacchino, habitual colaborador de Disney que optó al Óscar por Ratatouille (Brad Bird, 2007) y lo ganó por Up (Bob Peterson y Pete Docter, 2009), es otro ejemplo del deseo de apartar a la saga de su zona de confort (aunque la evocación de melodías clásicas no podía faltar).

15 diciembre 2016

Nominaciones a Premios Goya 2017: pocas sorpresas y todas malas

Como ya nos tiene acostumbrados, la Academia ha optado por el camino fácil y concentrado sus nominaciones en los títulos más populares del año, ignorando por completo trabajos de calidad comparable o superior que se habrían beneficiado más del empuje de estos premios. Qué le vamos a hacer. Procedo a comentar los nominados a los trigésimo primeros Premios Goya.

Julieta, de Pedro Almodóvar: 7 nominaciones
Mejor película

El hombre de las mil caras
Julieta
Que Dios nos perdone
Tarde para la ira
Un monstruo viene a verme

Previsible a más no poder, la Academia ha seleccionado para su categoría principal los cinco títulos que, aparte de figurar en todas las quinielas, contaban ya con la nominación correspondiente en la categoría de mejor película dramática de los Premios Feroz. Y es que, como siempre, la comedia —María (y los demás), El rey tuertoKiki: el amor se hace, La puerta abierta, La noche que mi madre mato a mi padre— ha sido dejada de lado, siendo curioso, eso sí, cómo se ha impuesto el thriller en todas sus vertientes (el sorprendente Tarde para la ira, el más convencional pero igualmente notable Que dios nos perdone y, finalmente, el aburridamente académico El hombre de las mil caras). El quinteto se ha completado con un drama fantástico de corte familia al más puro estilo Hollywood (Un monstruo viene a verme) y un producto nacional que ha triunfado más fuera de nuestras fronteras que dentro de las mismas (Julieta). Por primera vez en la historia de estos galardones, todas las candidatas cuentan con opciones prácticamente igualadas. Y, como suele suceder, el cine más arriesgado —La muerte de Luis XIV, La reconquista, La próxima piel, Sicixia— se ha quedado fuera.

11 diciembre 2016

Premios del Cine Europeo 2016: 'Toni Erdmann' hace historia

Toni Erdmann narra entre sonrisas y lágrimas
la odisea de un padre por recuperar a su hija
El duelo que las quinielas auguraban entre el alemán Toni Erdmann de Maren Ade y la francesa Elle de Paul Verhoeven en la 29ª edición de los Premios del Cine Europeo terminó saldándose con el flamante triunfo del primero, convertido así en el primer film receptor de los cinco premios principales de esta entidad: mejor película, mejor dirección, mejor guion ­—ambos para Maren Ade, convertida así junto a Susanne Bier (En un mundo mejor, 2010) en una de las dos únicas directoras premiadas y en la primera cuya película se alza también con el galardón principal—, mejor actor (Peter Simonischek) y mejor actriz (Sandra Hüller). Indudablemente, la victoria más sorprendente es la de Hüller, una intérprete hasta ahora desconocida fuera de Alemania que se impuso a la arrebatadora Isabelle Huppert, quien es sin duda la mejor intérprete europea del año (es más, sobran los vocablos “la” y “europea”) tanto por la mentada Elle como por la tristemente olvidada El Porvenir, de Mia Hansen-Løve, pero se vio perjudicada al contar ya con dos entorchados en su haber (por La pianista, de Michael Haneke, y 8 mujeres —compartida con sus siete compañeras de reparto— de François Ozon, en 2001 y 2002 respectivamente). En la misma categoría perdieron Adriana Ugarte y Blanca Suárez, candidatas conjuntamente por la Julieta de un Pedro Almodóvar que, como casi todos, se fue de vacío. ¿Es este un augurio del Óscar que las tres cintas anhelan?

07 diciembre 2016

‘Paterson’: poesía reaccionaria

El último film del maestro del cine independiente estadounidense Jim Jarmusch probablemente sea su creación más aclamada hasta la fecha, como prueban los múltiples aplausos y galardones que ha recibido desde su paso por un Cannes del que se fue de vacío para congoja generalizada. Nadie ha salido mejor parado que su protagonista, Adam Driver, quien, tras tropezar como el decepcionante villano de Star Wars. El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), ha dado por fin con un papel que nos permita olvidar al icónico personaje al que sigue dando vida en la genial serie Girls. En Paterson (2016) el peculiar actor encarna a un conductor de autobús y poeta aficionado llamado Paterson que vive en —valga la redundancia— Paterson (Nueva Jersey) en compañía de su novia y el perro de esta. Día a día, ella busca maneras de combatir la monotonía con platos originales, actividades culturales y nuevos hobbies, pero él, más sencillo, parece encontrar la felicidad en los pequeños —rutinarios— placeres de la vida, peculiar contraste que podría ser meramente anecdótico de no ser por el modo en que Jarmusch aborda a ambos personajes.

Dos polos enfrentados en Paterson
Como protagonista indiscutible del film al que da nombre, Paterson se gana rápidamente la identificación del espectador aun cuando su escasa expresividad no siempre permite entrever lo que pasa por su cabeza. De este modo, aprendemos a valorar su tranquila existencia, que comienza (como tantas otras) con el despertador, prosigue por la jornada de trabajo al mando del autobús (con triviales conversaciones ajenas como sonido de fondo), continúa por el hogareño reencuentro con su pareja y concluye en un bar que ocasionalmente le depara alguna que otra sorpresa. Al igual que en otras cintas del realizador como Mystery Train (1989) o Noche en la tierra (1991), el tiempo constituye el corazón de una obra narrada cadentemente de lunes a lunes, contando los silencios y las pausas con tanta relevancia como el sonido y los diálogos. Entretanto, las poesías que van naciendo de la rica imaginación de Paterson dan un toque mágico a sus pequeños quehaceres, acentuando el contraste entre la mecánica conducción de autobuses y la pasional creación cultural. Por desgracia, la tercera etapa diaria, aquella que el protagonista comparte con su compañera de vida, parece aprovechar el entumecimiento en el que nos sume la película para transmitir señales harto reaccionarias. Así, frente a la respetable cautela del protagonista, los constantes intentos de su pareja por probar cosas nuevas (desde preparar un inédito pastel de brócoli hasta tomar clases de guitarra) son constantemente ridiculizados, pareciendo querer instar al espectador a contentarse con la aburrida seguridad que lo rodea en lugar de luchar por sueños que no contar con los pies en la tierra vuelve inevitablemente absurdos.

01 diciembre 2016

Por qué el gallo deficiente de la película 'Vaiana' es ofensivo

Sin John Musker y Ron Clements, directores de Basil, el ratón superdetective (1986), La sirenita (1989), Aladdin (1992), Hércules (1997), El planeta del tesoro (2002) y Tiana y el sapo (2009), las infancias de mi generación no habrían sido ni la mitad de mágicas. Es por ello una verdadera lástima que su última creación para Disney, escrita por ellos mismos junto a Jared BushPamela RibonTaika Waititi, constituya tal decepción. Hablo, por supuesto, de Vaiana (Moana, 2016), cinta antaño favorita para el próximo Óscar a mejor film animado que al final las pasará canutas incluso para alcanzar la candidatura, tal y como han probado las nominaciones a los Premios Annie, donde se ha impuesto su compañera de estudio: la genial Zootrópolis, de Byron Howard, Rich Moore y (nuevamente) Jared Bush. ¿Qué distingue ambas producciones? Pues, básicamente, que una está decidida a sorprender y divertir al espectador a cada minuto y la otra parece partir de un cuadriculado manual sin imaginación alguna. Bueno, eso y que Zootrópolis es un canto de amor animalista y Vaiana… todo lo contrario.

El gallo de Vaiana es el peor personaje
secundario de la historia del estudio
Desde Blancanieves y los siete enanitos (David Hand, 1937) hasta la recién mencionada Zootrópolis, creada ochenta años después de la primera, el Estudio Disney siempre ha destacado por su amor a los animales, el cual caracterizaba también a un Walt Disney que siempre reivindicó Bambi (David Hand, 1942) como su creación favorita. Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941), Los aristogatos (Wolfgang Reitherman, 1970) y Tod y Toby (Art Stevens, Ted Berman y Richard Rich, 1981) son algunos claros ejemplos de esta tendencia. ¿Qué ha pasado entonces en Vaiana con el personaje del gallo? Pues probablemente, tal y como explicaron Musker y Clements en el coloquio posterior al preestreno español, que el proceso de guion terminó llevándolo a un lugar que ni se esperaba ni se imaginaba en un primer momento, dejándose los guionistas arrastrar por la necesidad de aportar toques de humor facilones a un guion por completo exento de carisma. Al final, el gallo se ha convertido, no ya en un bufón, sino directamente en el blanco de todo tipo de ataques físicos y verbales que vuelven el visionado de la película verdaderamente desagradable para cualquier persona que sienta la menor empatía por los animales. ¿De verdad es tan divertido ver a un pobre gallo debilucho ser insultado, golpeado e incluso utilizado como lapicero? La situación se agrava al pensar en todas esas aves de corral cuya salud es lamentable a raíz de la mezcla de los antibióticos con los que se las atiborra y los minúsculos recintos donde se las amontona...

27 noviembre 2016

'The Neon Demon': la polémica oda a la belleza de Nicolas Winding Refn

La última película del siempre polémico Nicolas Winding Refn (de pronto también conocido como NWR), The Neon Demon (2016), es tan difícil de ver como de comentar, lo que explica la mezcla de abucheos y aplausos que recibió a su paso por el Festival de Cannes, emulando así el recibimiento de su previa Solo Dios perdona (2013). Curiosamente, un par de años antes el realizador danés dejó el prestigioso certamen con el galardón concerniente a mejor dirección bajo el brazo gracias a Drive (2011), cinta que constituyó, no sólo su salida —por el momento definitiva— de su Dinamarca natal —donde había destacado con cintas como Pusher (1995) o Valhalla Rising (2009)—, sino también su producción más aclamada hasta la fecha, la clase de éxito que prácticamente da carta blanca a su creador para hacer lo que le venga en gana a partir de él.

Recién cumplidos los 18 años, Fanning ha alcanzado
con The Neon Demon la madurez en todos los sentidos
Inspirados por la asesina en serie Elizabeth Báthory (1560-1614), las debutantes Mary Laws (autora estadounidense) y Polly Stenham (dramaturga británica) y el propio realizador confeccionaron un guion que parte de la clásica premisa de la joven inocente que trata de abrirse un camino en Hollywood para desembocar poco a poco en una auténtica locura audiovisual capaz de dejar patidifuso al  crítico más versado. Así describe el realizador el casi azaroso proceso creativo: “decidí que ya había hecho suficientes películas sobre hombres violentos y quería hacer una sólo con mujeres, con lo que escribí esta historia porque mi mujer estaba harta de Asia y, de dejar Copenhague, sólo aceptaría Los Ángeles. Fui allí y di con esta absolutamente fantástica mujer llamada Elle Fanning para encarnar a la protagonista”. Acostumbrada a cándidos personajes en cintas comerciales como Super 8 (J. J. Abrams, 2011) o Maléfica (Robert Stromberg, 2014), la hermana de Dakota Fanning ha dado con su  papel de madurez de forma tan brusca como satisfactoria, apoderándose del film desde esa primera escena donde vemos su rostro y sus hombros inquietantemente maquillados, a modo de premonición de los espantos que su bello cuerpo soportará durante el resto del film. Decir que la joven está absolutamente radiante es poco, ya que devora la pantalla tanto en su vertiente más frágil y hermosa como en los momentos donde el relato le exige un carisma más turbador.

11 noviembre 2016

'El ciudadano ilustre': conformismo pueblerino vs. cinismo intelectual

La hipocresía es uno de los elementos más peligrosos de la sociedad. Lo inunda todo sin que nos demos cuenta. Y, encima, resulta difícil luchar contra ella sin hacerlo desde la propia hipocresía. ¿Es hipócrita sentirse realizado por solucionar económicamente la vida a una persona en concreto cuando muchos son los que necesitan ayuda sin tener ocasión de pedirla? Probablemente. Pero, ¿acaso no es más hipócrita negar una ayuda que puede concederse sin problema por el mero hecho de evitar sentirse hipócrita al hacerlo? Estas cuestiones corresponden a un momento fugaz de El ciudadano ilustre (2016), pero, de alguna manera, reflejan la esencia de una obra que renuncia a las respuestas fáciles pero no al constante cuestionamiento de los valores del mundo contemporáneo, los cuales prueban no ser necesariamente más “humanos” en pueblos tradicionales que en ambientes más modernos habitualmente ligados a la pérdida de los mismos.

El ciudadano ilustre ganó la Espiga de Plata y el premio
a mejor guion de la Seminci y es favorito al Goya latino
La película que nos ocupa constituye la nueva colaboración de la pareja de realizadores integrada por Mariano CohnGastón Duprat, artífices de El artista (2008) y El ciudadano de al lado (2009). Nos hallamos ante la historia de un aclamado escritor argentino recién receptor del Premio Nobel que, para sorpresa de todos, decide cancelar sus múltiples compromisos para ser nombrado “ciudadano ilustre” en Salas, lugar que —como todos aquellos que lo han acogido— dista mucho de poder considerarse un hogar para él. Irónicamente, el ficticio autor lleva cuarenta años sin volver a su pueblo natal y sin embargo ha forjado su carrera a base de escribir sobre él desde una mezcla de nostalgia y resentimiento. “Creo que hice una sola cosa en toda mi vida: escapar de ese lugar”, dice el complejo protagonista al comienzo del film, demasiado pronto para que podamos conocer los motivos. Merecidamente laureado en Venecia, Óscar Martínez lo encarna con solvencia, dotándolo de la dualidad que requiere: la ternura transmitida por un hombre cansado de estar vivo para quien la vuelta a casa supone un reencuentro consigo mismo frente a la antipatía despertada por alguien abiertamente enfadado con un mundo conformista al que no se cansa de dar lecciones. Por supuesto, gran parte del mérito corresponde al libreto de Andrés Duprat, maestro del humor irónico, mordaz y filosófico que no por casualidad comparte padres con uno de los realizadores (con los que acostumbra a trabajar). Sea cual sea el contexto —desde la aceptación del prestigioso Nobel hasta la organización de un pequeño concurso pictórico de pueblo—, guionista y personaje aprovechan para dejar a la sociedad por los suelos sin prestarle siquiera una mano para levantarse de nuevo.

28 octubre 2016

'Maggie's Plan': controlar el destino

Maggie tiene un plan tras otro. Algunos, como la decisión de ser madre soltera, la implican sólo a ella (o, ¡ay la ingenuidad!, eso se cree). Otros van más allá, involucrándose intrusivamente en la vida de los demás hasta rozar el absurdo. Todo ello, desde las mejores intenciones. A simple vista, Maggie puede parecer una psicópata manipuladora, pero basta conocerla para comprobar que su afán por controlarlo todo tan sólo esconde una encantadora inocencia bañada de inseguridad. Y es que, en realidad, Maggie es la mejor amiga que se puede tener, alguien dispuesto a poner la satisfacción ajena por delante de la suya, así como a hacer las mayores locuras por el bien de los demás (al margen de que sea ella a quien debemos el “mal” previo). ¿Pero quién es Maggie? Pues nada más y nada menos que la maravillosa Greta Gerwig, la única intérprete que podría dar al personaje tan perfecta mezcla de candor y chifladura, tal y como ya probó en las maravillosas Frances Ha (2012) y Mistress America (2015), ambas dirigidas por Noah Baumbach y ambientadas, al igual que la película que nos ocupa, en un flamante Nueva York que, invadido por tan apacible música y tan frescos diálogos, vuelve inevitable pensar en el gran Woody Allen.

Maggie's Plan nos recuerda cuán frágiles y peculiares
son en última instancia las relaciones humanas
Maggie’s Plan (2016) es el último largometraje de Rebecca Miller, cuyas Angela (1995), Intimidades (2002), La balada de Jack y Rose (2005) y La vida privada de Pippa Lee (2009) también contaban con carismáticas mujeres como protagonistas. Y probablemente sea el mejor de los cinco. Parece por tanto que a la guionista y realizadora de Connecticut le ha sentado bien el salto a la comedia, si bien sus andaduras en el drama son latentes en la melancolía que inunda su quinto trabajo. Así, como sucede en las mejores creaciones de los mencionados Allen y Baumbach, el dramático contexto se aborda desde un humor tan simpático como punzante que, lejos de evitar tomarse en serio a los personajes, fomenta la empatía hacia ellos. Que casi todos los diálogos sean dignos de enmarcar para el recuerdo quizá sea irreal, pero es una licencia que, no sólo debe aceptarse como es, sino que curiosamente no rompe con la perenne naturalidad pretendida. A ello beneficia un excelente reparto donde encontramos, junto a la genial Gerwig, a la versada Julianne Moore, los siempre frescos Bill Hader y Maya Rudolph, el rudo vikingo Travis Fimmel y un Ethan Hawke habituado al tono de la propuesta gracias a sus colaboraciones con Richard Linklater.

El cartel de Maggie's Plan resalta
la relación entre Gerwig y Hawke
Borrosa como la vida misma, la película tiene en el destino su tema principal: ¿podemos jugar con él o somos sus prisioneros? Que todos somos esclavos de nuestros hijos nonatos es sólo una de las curiosas ideas nacidas de un guion siempre dispuesto a sorprender y enamorar. Tal y como hacía Mia Hansen-Løve en la magnífica El porvenir (2016), la reflexión vital se entremezcla con la cotidianidad para cobrar una dimensión tan cercana como filosófica. Entretanto, el amor se presenta frágil e inestable, pero también como una red de salvamento. Al final, nos hallamos ante la historia de varias almas perdidas entre sentimientos no siempre fáciles de comprender, lo que los sitúa en un complejo juego donde nadie tiene claro qué hacer para ganar. Todos se encuentran a años luz de la perfección, no temiendo el desprejuiciado guion adentrarse en el patetismo a sabiendas de que los ha dotado de suficiente humanidad para que los aceptemos tal y como son. Tan profunda como sencilla, Maggie’s Plan es una joyita sobre el desamor, la frustración, la soledad, el fracaso, las meteduras de pata y otros pequeños problemas que el día a día contemporáneo nos ha enseñado a afrontar y, a ser posible, superar con una sonrisa.

21 octubre 2016

Madurar un ‘Verano en Brooklyn’

La sensibilidad de Ira Sachs a la hora de abordar las relaciones homosexuales en las pequeñas grandes cintas The Delta (1996), Keep The Lights On (2012) y El amor es extraño (2014) es clave de la que quizá sea su mejor creación hasta el momento: Verano en Brooklyn (Little Men, 2016), presentada en Sundance, galardonada en Deauville y acogida entre las “Perlas” de San Sebastián. Como sucede en los tres títulos mencionados, los protagonistas son dos varones, pero en esta ocasión el realizador ha optado por la ambigüedad a la hora de retratar su relación, ya que la sexualidad no constituye en absoluto el corazón de una cinta plagada de verdades sobre la existencia contemporánea.

Verano en Brooklyn (Little Men, 2016)
Verano en Brooklyn debe mucho a la ambigua química
entre los jóvenes Theo Taplitz y Michael Barbieri
La trama de Verano en Brooklyn (ideada por Sachs en compañía de Mauricio Zacharias, con quien también escribió sus dos últimos filmes) se resume en dos pinceladas: Jake y Tony, dos adolescentes, se hacen amigos en un edificio de Brooklyn pese a que sus familias (de procedencias muy distintas) estén enfrentadas por el arrendamiento de una tienda desde la muerte del abuelo de Jake, amigo de la madre de Tony (acontecimiento que, de hecho, da lugar a todo el film). Así, mientras el mundo de los adultos gira en torno a agobiantes responsabilidades que sólo parece poder solventar el dinero (siendo todas las posturas tan contradictorias como comprensibles), los dos jóvenes desarrollan sus pasiones respectivas por la pintura (en el caso del más introspectivo Jake, con quien el realizador afirma identificarse especialmente) y la interpretación (perfecta forma de expresión para el más sociable Tony, quien, a voz en grito, protagoniza junto a su profesor una de las escenas más sugerentes del año). Mas todo ello forma parte del futuro: en el presente, nada hay más importante que su relación, una amistad tan pura como enriquecedora por la que, cuan Romeo y Julieta, ambos se enfrentarán a sus propios progenitores haciendo uso de la única arma que poseen a tan tierna edad: el silencio. ¿Hay más que simpatía entre los jóvenes protagonistas? Ira Sachs no lo deja claro, si bien determinadas situaciones y miradas siembran claras pistas al respecto. No en vano se dice que “los labios mienten, los ojos no”.

Cartel de Verano en Brooklyn (Little Men, 2016)
El cartel de Verano en Brooklyn
contrasta sus dos mundos:
la madurez y la adolescencia
Tanto Theo Taplitz como Michael Barbieri están perfectos en sus respectivos debuts, colmando de matices a sus personajes y de fuerza a sus diálogos. De hecho, ni siquiera cuatro intérpretes de la talla de Greg KinnearPequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006)—, Jennifer EhleHistoria de una pasión (Terence Davies, 2016)—, Paulina GarcíaGloria (Sebastián Lelio, 2013)— y Alfred Molina (quien repite a las órdenes de Sachs tras optar al Spirit Award por El amor es extraño) logran hacerles sombra. Conviene por tanto aplaudir la labor de casting a la hora de dar con tan carismáticos jóvenes, a los que cabe augurar un fantástico futuro (de hecho, el genial Barbieri, que curiosamente se postuló para el papel de Jake, estará en el Spider-Man: Homecoming de Jon Watts, previsto para 2017). Así lo explica Sachs: “Sabía que tenía que elegir chicos que fueran memorables y encontré eso en Theo y Michael, de caracteres opuestos: Theo parecía salido de las películas de Robert Bresson y Michael, de las de Scorsese, con lo que trabajé con ellos como si así fuera”. A fin de cuentas, pese a las distracciones del título en castellano, nada hay más importante en el filme que sus “little men”: tan jóvenes para involucrarse en los problemas de los adultos como mayores para permanecer al margen de ellos; tan inocentes para labrarse un futuro como maduros para evitar pensar en él. Encantadoramente filmada por Óscar Durán y musicalizada por Dickon Hinchliffe, Un verano en Brooklyn es una pequeña joya dispuesta a dejar huella en el espectador en forma de melancólica sonrisa.

17 octubre 2016

'Captain Fantastic': ¿qué educación necesitamos?

Que todos los niños necesitan una educación es algo harto repetido y aceptado por la mayoría de los mortales, pero todavía no está claro qué educación es exactamente la que necesitan. ¿Se halla en las clásicas normas y asignaturas la clave de un desarrollo personal satisfactorio o sería acaso mejor recurrir a una formación más práctica, libre y desprejuiciada? ¿Cumplen las escuelas con las necesidades del ser humano tal y como están planteadas o residen estas en terrenos más salvajes y osados? Y, en cualquier caso, ¿qué constituye verdaderamente una instrucción completa? El segundo trabajo del estadounidense Matt Ross (que no terminó de convencer con 28 Hotel Rooms, 2012) aborda estas cuestiones mediante una combinación de riesgo y convención ideal de cara a llegar a la audiencia más amplia posible, lo que explica que posea dos galardones tan diferentes como la mejor dirección de la sección “Un Certain Regard” de Cannes y el Premio del Público de Karlovy Vary, habiendo conquistado así a crítica y público por igual. Y es que, pese a partir de técnicas narrativas formularias, el original guion del propio Ross logra adentrarnos en un universo audiovisual tan atractivo como inquietante.

Captain Fantastic (2016)
Aunque cínica y alocada, Captain Fantastic
es una tierna mirada a la entidad familiar
En Captain Fantastic (2016) el siempre arriesgado Viggo Mortensen encarna a un hombre que lleva diez años viviendo en los aislados bosques del noroeste del Pacífico en compañía de sus seis hijos, quienes han crecido (y siguen creciendo) sin conocer otro modo de vida, pero no por ello descuidando el ejercicio de cuerpo y mente. Así, duros entrenamientos físicos y vivos debates filosóficos forman parte de una rutina ajena a la contaminación  —tanto literal como metafóricamente hablando— del mundo contemporáneo. La red, la telefonía móvil o la televisión prueban ser prescindibles en lo que a la felicidad de los infantes se refiere, mas no así el contacto con otros seres humanos. Muchos son, de hecho, los sentimientos que no pueden explorarse en la sola compañía de la familia y la naturaleza, como descubre antes que nadie (como es natural) el mayor de los hermanos —el rudo pero encantador George MacKay de Mi vida ahora (Kevin Macdonald, 2013) y Pride (Matthew Warchus, 2014)—, para quien todos los conocimientos teóricos adquiridos en el campo revelan ser fútiles a la hora de conquistar el corazón femenino. Y es que, como no podía ser de otra manera, la familia es arrastrada a la sociedad a causa de un acontecimiento relacionado con la bipolar progenitora, cuya ausencia actúa durante la primera parte de la cinta como único obstáculo al perenne bienestar de los personajes. De la noche a la mañana, los siete protagonistas habrán de verse las caras con el orden establecido, lo que dará lugar a algunos de los momentos más hilarantes de una obra que sabe moverse con solvencia entre el drama y la comedia durante todo el metraje.

Cartel de Captain Fantastic (2016)
La extravagancia domina el colorido
cartel original de Captain Fantatic
Así, las espectaculares secuencias iniciales del filme, durante las que el preciosista director de fotografía Stéphane Fontaine y el espiritual compositor Alex Sommers captan con garbo la existencia humana más salvaje, ceden paso a otras más convencionales en las que, evocando Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006) —empezando, claro está, por sendos hogares móviles en forma de furgonetas—, los personajes exploran las relaciones surgidas, tanto entre ellos mismos, como con otros miembros de la sociedad en la que acaban de aterrizar. La simpatía permanece, pero la crítica social se acentúa, revelándose el mundo contemporáneo como un lugar hipócrita cuyos delineados hábitos luchan en vano por tapar agujeros ideológicos insalvables. Que la más pequeña de la familia sea capaz, no sólo de memorizar el código legislativo estadounidense, sino también de reflexionar al respecto, mientras sus supuestamente civilizados primos —receptores de la educación que sus padres echan en cara al protagonista haber arrebatado a sus hijos— se limitan a poner cara de circunstancia resulta tan desternillante como mordaz (y, lo que es peor, verídico). A fin de cuentas, así funciona el sistema educativo: mucho ruido y pocas nueces, o, lo que es lo mismo, apariencia grandilocuente que, a la hora de la verdad, revela una insuficiencia plena. Sin embargo, para bien o para mal, Matt Ross no se atreve a cuestionar por completo el orden establecido, admitiendo que la idealizada existencia presentada posee, no ya peligros, sino directamente sus propias carencias. “La virtud está en el término medio”, parece decir Captain Fantastic después de todo. Quizá esta no sea la conclusión más arriesgada posible, pero sí es la más objetiva, así como la única viable para un producto decidido a auspiciar la reflexión complaciendo al mayor número de espectadores. Y es que para eso hace falta esperanza.

10 octubre 2016

'Historia de una pasión': poesía frente a la hipocresía

El 10 de septiembre de 2012 se anunció que Terence Davies, creador de Voces distantes (1988), La casa de la alegría (2000) o Sunset Song (2015), convertiría a Cynthia Nixon en la gran poeta americana Emily Dickinson (1830-1886). Mas hemos tenido que esperar cuatro años para disfrutar de Historia de una pasión (A Quiet Passion, 2016), un filme donde las extraordinarias sensibilidades tanto del sujeto abordado como de quien lo aborda se funden para ofrecer una poesía audiovisual inolvidable. La relativamente olvidada estrella de Sexo en Nueva York (cuya fotogenia llamó la atención del realizador británico, quien por lo visto veía dicha serie sin volumen) no podría haber tenido mejor retorno.

Cynthia Nixon y Keith Carradine en Historia de una pasión
Cynthia Nixon y Keith Carradine encabezan el
magnífico reparto de Historia de una pasión
Pese a nacer en el seno de una familia de renombre (en Amherst, Massachusetts, el 10 de diciembre de 1830), Emily Dickinson mostró siempre reticencia a recibir visitas, negándose incluso durante el final de su vida a dejar su propio cuarto. De hecho, la mayoría de sus relaciones tenía lugar por correspondencia, revelando sus cartas una preocupación por la muerte y la inmortalidad que era latente en sus poemas. En un mundo dominado por los hombres y la falsedad, estos fueron a menudo alterados por los editores para encajar con las convenciones de la época, algo que trastornaba a la introvertida escritora. De hecho, su obra tal y como la conocemos no vio la luz hasta 1955, cuando Thomas H. Johnson publicó The Poems of Emily Dickinson, décadas después de que Lavinia Dickinson (hermana pequeña de la autora) la encontrara a raíz de su fallecimiento el 15 de mayo de 1886). Tachada de excéntrica por quienes la rodeaban a causa de su carácter retraído y su desprecio por las ridículas costumbres de la época, Emily Dickinson nunca se casó, situación que vino determinada, tanto por su propia personalidad, como por su falta de atractivo físico, algo que torturaba a la autora más aún que la idea de dejar el mundo. Todo esto, fruto de una personalidad avanzada a su tiempo, está presente en el biopic que le ha dedicado Terence Davies, uno de los pocos cineastas que podría honrar a tan extraordinaria figura.

27 septiembre 2016

Festival de San Sebastián 2016: mejores y peores películas

La 64ª edición del certamen cinematográfico más importante de nuestro país ha vuelto a regalar a críticos, cinéfilos y cineastas españoles uno de los momentos más memorables del año. Durante nueve intensos días, cientos de producciones de distinta índole han motivado ardientes debates y despertado todos los sentimientos posibles. Superando mi propio récord, he disfrutado de cuarenta y siete producciones, las cuales os presento ordenadas de la que considero menos estimable a la que no podéis perderos de ninguna manera.

Porto, de Gabe Klinger
Lo mejor: la química entre Alton Yelchin y Lucie Lucas
47. Fin de semana (Moroco Colman, Argentina, Nuev@s Director@s). Tan insoportable como los personajes que acoge, este drama sobre relaciones humanas y juegos sexuales fue la cinta peor valorada por el Jurado de la Juventud por motivos obvios.

46. Viejo Calavera (Kiro Russo, Bolivia / Qatar, Horizontes Latinos). Un hombre perdido en la vida ha de reemplazar a su padre en la mina tras la muerte de este. Ya no le queda nada por lo que ilusionarse, nada por lo que luchar. La película plasma bien esta realidad, pero no deja por ello de ser infumable (al menos, dentro del ritmo vertiginoso de un festival).

12 septiembre 2016

20 actrices muy especiales (Aniversario del blog IV)

Ya van cuatro años de La estación del fotograma perdido y, como siempre, toca festejarlo. Celebré el primer aniversario pidiendo a 10 críticos amigos que seleccionaran sus películas preferidas; el segundo, con mis 10 directores preferidos, el tercero, con mis 100 películas preferidas y, en esta ocasión, lo hago con mis 20 actrices favoritas (¿es fácil adivinar de qué irá el siguiente, no?). Reducir tan grandes intérpretes a unas líneas es insuficiente, pero he intentado incluir en las descripciones de todas ellas los títulos más representativos, de modo que este artículo os sirva de guía para explorar sus interesantes carreras (sean estas más o menos amplias). Sobra decir que estas veinte estrellas no están seleccionadas (u ordenadas) en función de parámetros objetivos, sino que se trata de una elección tan subjetiva como personal para la que sólo el corazón ha sido escuchado. ¡Espero que la disfrutéis!

Maggie Cheung: Su Li-zhen (Deseando amar, 2000)
Mi papel favorito de Maggie Cheung:
Su Li-zhen (Deseando amar, 2000)
20. Maggie Cheung (20 septiembre 1964 / Hong Kong, China). ¿Qué sería de la magistral Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000) sin los movimientos sinuosos de Maggie Cheung? Pues, bien, con anterioridad la intérprete ya había trabajado en decenas de producciones, pero ella admitió que las únicas que significaron algo para ella fueron Song of Exile (Ann Hui, 1990), Center Stage (Stanley Kwan, 1992) y Comrades: Almost a Love Story (Peter Chan, 1996). Tras la que siempre será su película clave, Cheung voló bellamente por los aires en el Hero (2002) de Zhang Yimou y se convirtió en la primera actriz asiática galardonada en Cannes gracias a Clean (2004), donde fue dirigida por su propio marido, Olivier Assayas (a quien conoció rodando la peculiar Irma Vep, 1996)

02 septiembre 2016

'No respires'... (O no lo harás más.)

Cuenta Federico Álvarez que subió su cortometraje Ataque de pánico (2009), de apenas 300 dólares de presupuesto y 5 minutos de duración, a Youtube un jueves, y al lunes siguiente tenía su correo electrónico lleno de ofertas de Hollywood. A las pocas semanas, Sam Raimi le ofreció un contrato de exclusividad que lo llevaría a dirigir el remake de su propia Posesión Infernal (1981), dando lugar al interesante film homónimo del 2013, así como el thriller No respires (2016), idea que el realizador uruguayo decidió llevar a cabo por encima de otras propuestas más colosales pero menos personales. Siendo objetivos, poco hay en Ataque de pánico más allá de sorprendentes efectos especiales, pero no por ello deja de ser la labor de Fede Alvárez digna de nuestros aplausos considerado los escasísimos medios con los que logró ponerse a la altura de las superproducciones huecas de Michael Bay o Roland Emmerich. Vamos, que el entusiasmo estaba más que justificado.

La ceguera dota al villano de un hándicap
que da a No respires una esencia propia
Es además de agradecer que su segundo largometraje, No respires (Don’t Breathe, 2016), se haya distanciado tanto del primero, decisión que Álvarez tomó en respuesta a las críticas recibidas por su ópera prima a raíz de ser un remake multimillonario lleno de sangre centrado en dejar en shock a la audiencia. En contraposición, este elegante thriller reduce el gore al mínimo y fomenta el suspense a partir de la mitad de presupuesto. En él, tres jóvenes quedan atrapados en la casa de un psicópata al que pretendían robar, pasando de delincuentes a víctimas sin ser conscientes de ello hasta ser demasiado tarde. De esta forma, se da una vuelca de tuerca a films como Funny Games (Michael Haneke, 1997), La habitación del pánico (David Fincher, 2002) o The Purge (James DeMonaco, 2013), en los que era la casa de los propios protagonistas la que se convertía en terrorífico lugar de encierro, cobrando así el film una esencia diametralmente opuesta (quedar atrapado en el propio hogar permite jugar con ventaja, pero también acrecienta la sensación de perenne inseguridad). En No respires, los jóvenes encarnados por Jane Levy —quien ya protagonizó el film previo del realizador—, Dylan Minnette —estrella de Pesadillas (Rob Letterman, 2015)—, y Daniel Zovatto —coprotagonista de la fascinante It Follows (David Robert Mitchell, 2014)— viven una verdadera pesadilla a manos del rudo psicópata al que pretendían robar —el Stephen Lang que ya nos aterró en Avatar (James Cameron, 2009) y volverá para las secuelas—, a quien el guion de Rodo Sayagues y el propio realizador arrebata la visión para dar a los protagonistas alguna posibilidad. De esta forma, se obtiene el efecto opuesto al conseguido por el cásico Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967), donde Audrey Hepburn encarnaba a una ciega dramáticamente acorralada en su propio hogar.

26 agosto 2016

'Kubo y las dos cuerdas mágicas': ritmo de occidente, magia de oriente

En celebración de su décimo cumpleaños, el siempre interesante estudio cinematográfico Laika Animation ha confeccionado su cinta más redonda hasta la fecha tras regalarnos Los mundos de Coraline (Henry Selick, 2009), El alucinante mundo de Norman (Chris Butler y Sam Fell, 2012) y Los Boxtrolls (Graham Annable y Anthony Stacchi, 2014), todas ellas poseedoras de una peculiar combinación de atmósferas góticas y nostálgicas, humor dulce pero extravagante y gráficos stop-motion tan encantadoramente artesanos como refinadamente precisos. Las tres cintas optaron a un Óscar que Kubo y las dos cuerdas mágicas podría perfectamente ganar, si bien deberá verse las caras de nuevo con pesos pesados de Disney Pixar: el Buscando a Dory de Andrew Stanton y Angus MacLane; la Vaiana de John Musker y Ron Clements y el Zootrópolis de Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush.

Kubo y las dos cuerdas mágicas (Kubo and the Two Strings, 2016)
Kubo y las dos cuerdas mágicas es una de las
favoritas para los próximos Premios Annie
Kubo y las dos cuerdas mágicas (Kubo and the Two Strings, 2016), debut en el largometraje de Travis Knight, nos traslada fastuosamente a un Japón envuelto en leyenda donde el pequeño Kubo vive apaciblemente entre cuentos fantásticos hasta que los espíritus del pasado dan un repentino giro a su vida que lo embarcará en una aventura inolvidable a compartir con una mona aleccionadora y un atolondrado escarabajo gigante. Los prestigiosos y (casi) siempre excelentes Matthew McConaughey, Charlize Theron, Rooney Mara y Ralph Fiennes —todos caucásicos, para enfado de la Media Action Network for Asian Americans— conforman, junto al joven, Art Parkinson el fantástico reparto vocal, dando una fuerza al divertido guion de Marc Haimes y Chris Butler que se pierde ligeramente en la versión doblada. Lo que por supuesto se mantiene intacto en todas las lenguas es el maravilloso plano visual, repleto de exóticos paisajes y sinuosos movimientos con los que la tecnología 3D envuelve al espectador desde el comienzo de la proyección. El gran Dario Marianelli, ganador del Óscar por Expiación (Joe Wright, 2007) aporta una bella partitura a la que pone la guinda la versión en shamisen (el instrumento musical que, junto al ensoñador origami, otorga al film su peculiar esencia) de Regina Spektor del tema “While My Guitar Gently Weeps” de Los Beatles.

21 agosto 2016

10 curiosidades sobre ‘The Duke of Burgundy’, la mejor película del año

La británico-húngara The Duke of Burgundy (2014) es una de las películas más fascinantes que han pisado la cartelera durante los últimos años. Mucho se ha hablado sobre ella… Y sin embargo es casi mejor no decir nada, ya que la cinta se disfruta más si se ve partiendo de cero y se digiere con la mente abierta. Por ello, en lugar de hacer una crítica convencional, voy a centrarme en diez curiosidades (o datos, o detalles, llámeselos como se quiera) de tan interesante obra.

The Duke of Burgundy (2014)
Las mariposas son clave de The Duke of Burgundy
-La cinta debe su nombre a un tipo de mariposa conocido en ámbitos científicos como  hamearis lucina. De pequeño tamaño y tonos marrones y amarillos, esta especie tan sólo se encuentra en Inglaterra. Puesto que las protagonistas estudian lepidopterología, las mariposas juegan un papel importancia en el film, pero nadie recuerda a qué se debe el título exactamente.

-The Duke of Burgundy es el tercer largometraje de ficción —tras Katalien Varga (2009) y Berberian Sound Studio (2012)— del siempre arriesgado realizador británico Peter Strickland, quien ha vivido en el este de Europa durante la última década, lo que explica que fuera filmada en los alrededores de Budapest.

12 agosto 2016

Nerve: ¿eres jugador u observador?

Desde que debutaran extraordinariamente con Catfish (2010), un falso —¿o no?— documental casero sobre un joven neoyorkino que viaja a Michigan a ver a una chica que ha conocido por Facebook que fue vendido como “historia real”, Henry Joost y Ariel Schulman han estado ocupados con una de las sagas de terror más populares de los últimos años, para la que han confeccionado las irregulares Paranormal Activity 3 (2011) y Paranormal Activity 4 (2012). Seis años más tarde, han regresado por fin al terreno que mejor controlan: la reflexión sobre la era de internet. Lo han hecho con Nerve (2016), un thriller bastante más comercial que su ópera prima dispuesto a conquistar los corazones adolescentes con su trepidante ritmo, posmoderna estética y encantador reparto. 

Dave Franco y Emma Roberts en Nerve (2016)
Dave Franco y Emma Roberts ofrecen romanticismo
entre el ritmo trepidante y la crítica social
El corazón de Nerve, basada en la novela homónima de Jeanne Ryan, no es otro que el ficticio juego online homónimo en el que los “jugadores” deben atreverse constantemente a realizar las pruebas exigidas por la comunidad anónima de “observadores”. Por tanto, el juego exige a cada uno tomar la decisión de lanzarse a la acción o limitarse a mirar. Y, claro, siendo un adolescente inseguro, como es el caso de la protagonista, lanzarse a la piscina puede ser la forma de dar un giro radical a una vida con la que no está conforme. ¿Acaso no es la adolescencia el momento de dejarse llevar y hacer locuras? Quizá sí, quizá no; y es que la cinta no termina de posicionarse entre la celebración y la crítica: ¿dónde está la línea entre el riesgo cargado de adrenalina y la mera temeridad?, ¿entre aprovechar las delicias de estar vivo y exponerse tontamente a dejar de estarlo? Bueno, siendo justos, no siempre está claro.

04 agosto 2016

'Theo y Hugo, París 5:59': ¿y después del cuarto oscuro... qué?

Desde que empezó a hacer acto de presencia en el cine, la homosexualidad ha estado ligada a la segunda parte del vocablo, hasta el punto de que prácticamente no se concibe una película protagonizada por homosexuales sin algún instante subido de tono. Según la obra, esta decisión puede verse, bien como un resquicio más de homofobia, bien como todo un acto de reivindicación, pero muchas de estas escenas están sencillamente fuera de lugar, aportando poco o nada al desarrollo de la acción y los personajes más allá de recordarnos que estos, efectivamente, tienen —como la mayoría de la población mayor de edad— relaciones sexuales. No es este el caso de las grandes obras de temática LGTB que nos ha regalado el cine francés últimamente, comenzando por La vida de Adele, de Abdellatif Kechiche, y El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, aclamadas a su paso por el Festival de Cannes del 2013, y, ahora, la extraordinaria Theo y Hugo, París 5:59, una película más humilde pero igual de hermosa que ha pasado tristemente desapercibida pese a contener (al igual que sus dos predecesoras) una de las historias de amor homosexual —o de amor, a secas— más maravillosas que recuerda el séptimo arte.

Theo y Hugo, París 5:59 (Théo et Hugo dans le même bateau, 2015)
Geoffrey Couët y François Nambot se estrenan
en la gran pantalla con Theo y Hugo, París 5:59
Theo y Hugo, París 5:59 (Théo et Hugo dans le même bateau, 2015) es innegablemente la mejor película de Olivier Ducastel y Jacques Martineau, pareja de realizadores galos a la que debemos Jeanne y el chico formidable (1998, nominada al César a mejor dirección novel), Drôle de Félix (2000), Mi verdadera vida en Rouen (2002), Crustacés et coquillages (2005), Nés en 68 (2008) y Family Tree (2010), todas ellas con la homosexualidad como tema, sea principal o secundario. La cinta comienza en un club de sexo dominado por el deseo carnal masculino, curioso contexto en el que se conocen, entregan y enamoran Theo y Hugo (Geoffrey CouëtFrançois Nambot, ambos debutantes, ambos maravillosos). Y es que, evitando los prejuicios que suelen acompañar a esta clase de ambientes, la cinta introduce a dos jóvenes inseguros, apacibles, soñadores… y dispuestos a encontrar a su media naranja. Mas al igual que no renuncian ambos por ello al placer sexual más extremo, la envolvente cámara de Manuel Marmier no tiene reparos en retratar su encuentro en todo su ardor, presentando un tratamiento que sería tachado de mera pornografía de no estar por completo justificado de cara a lo que está por venir. Y es que, dejados atrás el anonimato y la lujuria del local, los dos jóvenes se desvelan como almas sensibles ávidas por conocerse mutuamente y comprobar si su conexión sexual puede ser el primer paso de algo mucho más grande y hermoso.

25 julio 2016

'La bruja': sutil tenebrismo

Desde que se hizo con el premio a la mejor dirección del prestigioso Festival de Sundance, el debutante Robert Eggers ha conquistado el mundo poco a poco con la espeluznante La bruja: Una leyenda de Nueva Inglaterra (The VVitch: A New-England Folktale, 2015), cuyos tres millones de presupuesto se han tornado en cuarenta de recaudación. Sin embargo, pese a pertenecer a un género tan popular, esta extraordinaria coproducción estadounidense-canadiense ha tenido un recibimiento irregular por parte del público, al que los entusiastas argumentos de los críticos no han bastado para convencerse de que se encuentra ante una de las mejores obras de terror de la historia del celuloide.

La tenebrosa estética de La bruja debe mucho al gran
trabajo fotográfico del californiano Jarin Blaschke
La bruja parte de la fascinación por las brujas que envolvió la infancia de Eggers, quien, tras desarrollar ideas tachadas de ser demasiado raras y oscuras, terminó optando por un tratamiento más convencional que le permitiera por fin debutar en el largometraje. “Voy a hacer una película de género, tiene que ser personal y tiene que ser buena”, dijo en su día. Y así es cómo surgió esta sencilla historia ambientada en la Nueva Inglaterra de 1630, donde los miembros de una familia de colonos cristianos empiezan a rebelarse los unos contra los otros a raíz del supuesto mal sobrenatural que puebla el bosque junto al que viven. Eggers quiso rodar la cinta en la propia Nueva Inglaterra, pero la falta de incentivos fiscales lo llevó a Canadá, concretamente a la remota región de Kiost (Ontario). La búsqueda de localizaciones fue tan exhaustiva como el proceso de investigación, trabajando el equipo con museos ingleses y americanos para obtener el máximo realismo en lo que a los detalles históricos se refiere. Todo ello, unido a la bellísima fotografía de Jarin Blaschke —quien, como hiciera el oscarizado Emmanuel Lubezki en El renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015), apostó por una luz natural que sería tenebrosamente editada en consonancia con imágenes pictóricas de referencia, desde el paisajismo de la Escuela de Barbizon hasta el tratamiento de la luz de George de la Tour y Johaness Vermeer, pasando, por supuesto, por el tenebrismo de Caravaggio, Goya o José de Ribera—, el impactante uso del montaje y el sonido (y la ausencia de ambos) y las sugerentes piezas musicales de Mark Korven, conforma una experiencia audiovisual sobrecogedoramente única. 

15 julio 2016

Entre el realismo y el impacto: 'Monstruoso' y 'Calle Cloverfield 10'

Popular donde los haya, el cine de terror y ciencia-ficción (para cuya fusión debería crearse un subgénero propio) busca cada año formas de reinventarse para seguir sorprendiendo al espectador. En 2008, el guionista Drew Goddard, el director Matt Reeves y el productor J. J. Abrams lo lograron con la excepcional Monstruoso, cinta para la que ocho años después ha surgido una secuela igual de lograda, repitiendo el todopoderoso Abrams al mando de la producción pero encargándose esta vez Damien ChazelleJosh CampbellMatthew Stuecken del guion y el debutante Dan Trachtenberg de la dirección. Hablamos de Calle Cloverfield 10, una de las mejores cintas del año.

Monstruoso (Cloverfield, 2008)
La cámara de vídeo es el alma de Monstruoso,
a la que otorga un personal estilo cinéma verité
Monstruoso (Cloverfield, 2008) sigue a varios jóvenes que cambian en cuestión de minutos una alocada fiesta por una espeluznante huida por las calles de un Nueva York infestado de peligros a raíz de la inexplicable llegada de una gigantesca criatura. Filmada (o pretendiendo estarlo) enteramente por una videocámara casera que rara vez deja de grabar (licencia narrativa que debemos aceptar para entrar en el hipnótico juego), la cinta es verdaderamente singular por su manera de atrapar en sus redes a un espectador rápidamente identificado con los aterrados protagonistas. Y es que desde que la cámara empieza a filmar, la escalofriante necesidad de conocer más y más se apodera de nosotros, algo a lo que había contribuido también una inteligente campaña viral que buscaba emular los efectos de El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), obra clave del cine de metraje encontrado. De hecho, toda la confección de Monstruoso estuvo envuelta en el máximo misterio, realizándose los castings (de los que salió un reparto eminentemente desconocido) con guiones falsos y cambiándose constantemente el nombre de la producción para despistar a los curiosos. Así, las dos metas principales de la cinta eran el realismo (rodando y editando al más puro estilo cinéma verité) y el impacto (manteniendo la intriga hasta el último momento), elementos ambos que, combinados, conforman una experiencia única en su especie.

05 julio 2016

Vida y obra de Abbas Kiarostami, el maestro del cine iraní

El cáncer se ha llevado a uno de los grandes: el guionista y realizador iraní Abbas Kiarostami, al cual incluí hace un par de años en mi personal artículo ‘10 directores muy especiales’. Lamentablemente, no me siento preparado para dedicarle el homenaje que tan maravillosa figura se merece, pero no puedo resistirme a intentarlo. Ojalá lo disfruten tanto quienes lo admiraban tanto como yo como quienes aún no hayan tenido la ocasión de profundizar en su obra, la cual se encuentra indudablemente entre los mayores tesoros de la historia del séptimo arte.

Abbas Kiarostami nació en Teherán en 1940
y murió en París en 2016 a los 76 años
Abbas Kiarostami nació en Teherán el 22 de junio de 1940, siendo la pintura su primera experiencia artística, lo que explica la poesía visual irradiada por sus películas. De hecho, se graduó en pintura y diseño gráfico por la Universidad de Teherán de Bellas Artes, estudios que se costeó trabajando de policía de tráfico. A partir de entonces trabajó en la industria publicitaria, diseñando posters y creando anuncios, aunque también fue autor de títulos de películas e ilustrador de libros infantiles. En 1969, cuando la Nueva Ola Iraní dio comienzo con La vaca, de Dariush Mehrjui, Kiarostami se casó con Parvin Amir-Gholi (con quien tendría dos hijos pero se divorciaría en 1982) y ayudó a crear un departamento de cinematografía en el Intellectual Development of Children and Young Adults (Kanun) de Teherán, cuya primera producción fue el cortometraje neorrealista El pan y la calle (1970), ópera prima centrada en la confrontación entre un niño y un perro agresivo con la que él afirmó no haber seguido en absoluto las convenciones cinematográficas, dando así rápida muestra de su fuerte identidad autoral. Esta entidad se convirtió rápidamente en uno de los estudios más importantes de Irán, ayudando al ilusionado realizador a confeccionar varios cortometrajes y mediometrajes de interés hasta ofrecer Gozaresh (The Report) (1977), su primer largometraje, la historia de un recaudador de impuestos que debe lidiar al tiempo con acusaciones de aceptar sobornos y el intento de suicidio de su esposa. Sin embargo, ni esta ni ninguna de sus obras posteriores gozó de popularidad alguna fuera de Irán, siendo aún hoy por completo desconocidas.

22 junio 2016

'Kill Bill' & 'Lady Snowblood': resonancias y puntos de vista

Picado de la heroína sumetida
Que Kill Bill (2003-2004) no existiría de no ser por el cine asiático de artes marciales es tan evidente como célebre, pero cuánto debe Quentin Tarantino a la Lady Snowblood (1973) de Toshiya Fujita no es suficientemente sonado. Las dos obras narran la odisea de una mujer (dos en el segundo caso: la esposa que presenció el crimen y la hija condenada a tomar su relevo) por vengar la muerte de sus seres queridos y comparten claves de la puesta en escena, a destacar el uso de los planos cenitales, picados y contrapicados para representar la relación entre las (anti)heroínas y sus enemigos. Y es que en ambos casos se recurre a un potente plano contrapicado para presentar a los asesinos como conjunto (cuatro en ambos casos, pues Bill cuenta con su propio plano), así como a sucesivos cenitales en los que las tornas han cambiado, volviéndose víctimas los asesinos y viceversa.

09 junio 2016

'Green Room': terror y extremismo

“Cuando recibí el guion en mi casa de Inglaterra, lo encontré tan terrorífico que tuve que cerrar con llave, encender el sistema de seguridad y servirme un whisky. Entonces supe que quería interpretar a Darcy Banker porque un personaje tan aterrador sería un reto increíble y daría lugar a una película irresistible”. Así habló Patrick Stewart, veterano de las icónicas sagas Star Trek y X-Men, de Green Room (2016), su fascinante incursión en el thriller de terror, donde conforma junto a Anton Yelchin (presente precisamente en los reboots de Star Trek), Imogen Poots, Alia Shawkat, Mark Webber y Macon Blair un reparto tan prometedor como relativamente desconocido que, precisamente por eso, resulta perfecto para encumbrar una de las sorpresas independientes del año. Y es que si algo logra esta cinta es sumir en oscura inseguridad a un espectador para quien el cuarto verde tendrá el mismo efecto de encierro que padecen los aterrados personajes.

Todo indica que pronto veremos mucho
más de la carismática Imogen Poots
Tras la excesiva Murder Party (2007) y la contenida (vale, hasta la escena final) Blue Ruin (2013) —ambas también con Blair, su actor fetiche—, Jeremy Saulnier parece haber encontrado el equilibrio con este inquietante thriller sobre una banda punk convertida en el blanco de una aterradora pandilla de skinheads tras ser a su pesar testigo de sus violentos actos. La propia película es pura violencia, si bien el buen gusto a la hora de representarla evita que el pánico se torne en desagrado (salvo cuando este es imprescindible, claro). De hecho, como sucede con el aclamado cine de Quentin Tarantino (con el que, por lo demás, Green Room tiene poco que ver más allá del forzado encierro de la decepcionante Los odiosos ocho, 2015), no es tanto la propia violencia, como el buen ritmo y los ingeniosos diálogos, lo que termina conquistando al espectador. Bueno, eso y unos notablemente definidos protagonistas que se ganan con rapidez nuestra identificación, provocando que sintamos el terror en nuestras propias carnes. Terror este provocado, tanto por lo que acontece en pantalla, como por la devastadora consciencia de la gélida maldad a la que los extremismos reducen al ser humano.

05 junio 2016

5 películas clave narradas en un único plano secuencia

El plano secuencia, consistente en rodar una escena o conjunto de escenas sin corte de montaje alguno, es uno de los elementos de puesta en escena más representativos, impactantes y arriesgados, pudiendo ser su uso tanto una complicadísima maniobra como sencillamente la forma más rápida de ahorrar dinero en producción. Dada la fascinación que despierta, varios son los cineastas que han optado por narrar (que no necesariamente filmar) sus historias enteramente en plano secuencia, o sea, sin un solo corto desde el primer fotograma hasta el último. Hoy voy a hablaros de las cinco cintas que encuentro más representativas a este respecto, aun cuando no todas sean completamente honestas en lo que al método se refiere...

La soga (Alfred Hitchcock, 1948)
La soga (1948): 80' de plano secuencia falseado
La soga (Alfred Hitchcock, 1948). A nadie debería sorprender que el maestro del suspense fuera pionero en lo que a planos secuencia se refiere a la hora de contar la cínica historia de dos universitarios (John Dall y Farley Granger en personajes claramente homosexuales) que estrangulan a un compañero, esconden el cadáver en un arcón e invitan a su profesor (James Stewart) a cenar justo encima de él. La imposibilidad tecnológica de la época de filmar más de diez minutos seguidos no impidió al cineasta británico confeccionar un intrigante film en una supuesta sola toma. Cierto es que cada diez minutos la cámara se acerca a un fondo oscuro para permitir el corte (y que dos de estos se notan intencionadamente), pero el resultado es continuo en apariencia, lo que supone todo un record para la época. Curiosamente, también se trata de la primera obra en color de Hitchcock, quien partió de la obra de teatro homónima de Patrick Hamilton (escrita en 1929 a partir del asesinato real de Bobby Franks a manos de Nathan Freudenthal Leopold, Jr. y Richard A. Loeb en 1924). El milimetrado rodaje fue posible gracias a que los muros del escenario se movían sobre ruedas y podían desplazarse silenciosamente, encargándose un grupo de operadores de mover los muebles fuera de la trayectoria de la cámara, la cual, al igual que los micrófonos, se mantenía en constante movimiento. Como complemento, el fondo neoyorkino mostrado a través de las ventanas era el diorama más grande jamás utilizado en un escenario sonoro, siendo su propia contemplación, que incluye una señal roja de neón con el perfil de Hitchcock promocionando un producto ficticio para la pérdida de peso —usado previamente durante el cameo en Náufragos (1944)— y nubes hechas de fibra de vidrio que cambian de posición hasta ocho veces, todo un espectáculo en sí mismo.
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