Entre el 2002 y el 2012 el doctor Bennett Omalu,
un neuropatólogo forense, trató de hacer ver a la liga de fútbol norteamericana que las
concusiones derivadas de practicar tal deporte a nivel profesional tenían
consecuencias terribles en los jugadores. Pero, claro, admitir la existencia
del síndrome post conmoción cerebral atentaba contra una de las
tradiciones más importantes de EE.UU., surgiendo una problemática disyuntiva:
¿queremos realmente siempre conocer la verdad? ¿O es mejor vivir en una relajada
indiferencia y esperar a que pase lo que tenga que pasar? A fin de cuentas,
sólo se vive una vez, ¿debemos negarnos algo que nos hace felices tan sólo por
los riesgos que reporta? Y, por el mismo motivo, ¿debemos poner en peligro
nuestra vida entera por un solo detalle del que probablemente podríamos
prescindir? (Sí: de pronto parece que hablo del tabaco, pero es que el tema
puede extrapolarse a muchos ámbitos.)
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Will Smith tiene 2 nominaciones al Óscar y 5 al Globo de Oro, pero nunca ha ganado un premio importante |
Escrita y dirigida por Peter Landesman (Parkland, 2013) a partir de un artículo de Jeanne Marie Laskas, La
verdad duele (Concussion,
2015) es un intenso drama sobre esta increíble historia real que insta a replantearse
el fútbol americano y, por ende, las propias bases de la sociedad
norteamericana. Nominado al Globo de Oro a mejor actor dramático (mas no al
Óscar, uno de los argumentos de la campaña “Oscars Still So White” [más al respecto aquí]), Will Smith ofrece
una de las mejores interpretaciones de su carrera (peliagudo acento nigeriano
incluido). Así habla él de tan importante experiencia: “Ha sido un papel muy
difícil de interpretar. El rodaje lo realizamos en Pittsburg y cada día venían
a saludarnos familiares de jugadores fallecidos (…) No hubo un instante en que no
sintiera el peso emocional de la repercusión de esta película (…) A mí me costó
un tiempo asimilar y entender lo que significaba el estudio de Omalu. Mi hijo
fue jugador de futbol americano y como padre no tenía ni idea de que podría acabar
con lesiones cerebrales; él jugó durante cuatro años y nunca lo pusimos en
duda. Después averigüé la realidad y el miedo se me metió en el cuerpo (…) Este
filme, como ningún otro que he interpretado, me ha demostrado la barrera constante
que existe en la real fragilidad de la humanidad, y ese es un precio que he
tenido que pagar porque me costó entre tres y cuatro meses desprenderme
completamente del personaje”.