27 marzo 2014

El cine y el teatro: similitudes y diferencias de artes hermanas

Un año más, el mundo celebra el Día Mundial del Teatro. Y esta vez he decidido celebrarlo yo también con un artículo sobre la relación entre este arte y el cine. Una relación intensa y muy interesante, con muchos puntos en común y otros muchos que separan las dos formas de expresión. Y es en sus similitudes y distanciamientos, donde reside la fuerza de ambas artes.

Kim Hunter y Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951)
La conexión entre cine y teatro lleva inevitablemente
a la mítica Un tranvía llamado deseo
El cine ha estado unido al teatro desde su creación. Puede que incluso desde antes. Y es que, en sus orígenes, el séptimo arte se dedicaba a grabar espectáculos teatrales con cámara fija y planos generales. ¿Es eso cine o una mera grabación de otro arte? No es fácil responder a esta pregunta, pero lo indudable es que el cine necesitaba forjarse su propia identidad al margen del teatro; necesitaba convertirse en un modo diferente de contar historias. Y, poco a poco, lo consiguió, pese a que nunca dejaría de retornar a su hermano mayor.

Fue Edwin S. Porter, artífice del cortometraje Asalto y robó a un tren (1903), quien introdujo una de las principales señas de identidad del cine: el montaje. Frente a la linealidad del teatro, el cine introducía cortes, cambios de plano, yuxtaposición de imágenes y mensajes visuales. Todo esto sería llevado al extremo en Rusia por Sergei M. Eisenstein y el montaje psicológico de El acorazado Potemkin (1925), imposible de representar en un escenario.

Meryl Streep en La duda (John Patrick Shanley, 2008)
Los primeros planos de Meryl Streep en la maravillosa
 La duda son un regalo del cine imposible en teatro
Pero fue David W. Griffith, creador del film racista pero clave El nacimiento de una nación (1915), quien introdujo un detalle imprescindible en la distinción entre la interpretación de ambas representaciones artísticas: el primer plano. Un buen actor de teatro tiene buen porte, expresividad corporal y presencia escénica; un buen actor de cine tan sólo necesita una mirada expresiva. Una mirada que demuestre que el intérprete se ha convertido en su personaje. Una mirada que resista el escrutinio del primer plano. Una mirada como la de Meryl Streep, capaz de transmitir todo un rango de sensaciones al espectador tanto en un drama de la talla de La duda (John Patrick Shanley, 2008) como en el distendido musical Mamma Mía (Phyllida Lloyd, 2009), ambas buenas adaptaciones cinematográficas de aún mejores obras.

Pero, sobre todo, el cine exige una mirada que se gane a la cámara. Poco importan la fealdad de Humphrey Bogart o la baja estatura de Alan Ladd: la cámara ama sus rostros igual que ama la sensual dureza de Marlene Dietrich o la dulce frescura de Audrey Hepburn. Como todos los buenos intérpretes, ellos saben que el séptimo arte exige una actuación sutil, porque lo que en teatro resulta imperceptible, en el cine puede ser exagerado; claro ejemplo de ello es el maquillaje, marcado en teatro y sutil en cine. La interpretación, por supuesto, ha vivido una lenta evolución desde sus teatrales orígenes (véase a la gran Bette Davis en La carta (William Wyler, 1940), por ejemplo) hasta su naturalidad actual.

La carta (William Wyler, 1940)
La interpretación de Bette Davis en La carta
es memorable pero bastante teatral
No obstante, la llegada del sonido en 1927 con El cantor de jazz, de Alan Crosland, volvió a acercar a ambas artes. Y es que las voces de estrellas como Mary Pickford o John Gilbert no cuadraban con sus imágenes (o, al menos, con las imágenes que los espectadores se habían creado) y los estudios salieron a la caza de nuevos artistas. Y, claro, el lugar más sencillo para encontrarlos fue el teatro, del que surgirían míticos intérpretes como Bustern Keaton, Groucho Marx, Ingrid Bergman, Vivien Leigh, James Dean, Montgomery Clift, Max von Sydow, Cary Grant, Fernando Rey, José Isbert, Peter O'Toole, Vanessa Redgrave… y, por supuesto,  Marlon Brando, máximo exponentes de la escuela del Método Stanislavski, que buscaba enseñar a los actores y actrices a explotar las pequeñas sensaciones, relajarse y concentrarse en sus personajes hasta el punto de convertirse en ellos. Esta metodología de interpretación contrastaba, no sólo con el sistema clásico de interpretación de Hollywood, sino también con el teatral. La conversión de Brando en el protagonista de Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951) se considera la cumbre de esta naturalidad escénica, porque, pese a tratarse de un personaje pasional y extremo, no resulta sobreactuado: Brando no interpreta a Stanley, sino que es Stanley.

Paul Newman y Elizabeth Taylor en La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958)
La gata sobre el tejado de zinc es una de las primeras
obras en lidiar con la autodestrucción del ser humano
El guión de la misma fue escrito por Tennesse Williams sobre su propia obra de teatro, lo que quizá afecta a la excesiva teatralidad del mismo pero asegura la esencia del original, al igual que sucede con Baby Doll (Elia Kazan, 1956) y La rosa tatuada (Daniel Mann, 1955), por la que Ana Magnani se convirtió en la primera actriz italiana que gana el Oscar a mejor actriz. La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958) y Dulce pájaro de juventud (1962), ambas dirigidas por Richard Brooks y protagonizadas por Paul Newman, también surgieron de obras del mítico dramaturgo, pero en estas ocasiones su director prefirió hacerse cargo él mismo del guión, obteniendo así mejores resultados. 

Y es que, como sucede con la literatura (cuya relación con el cine exploré en 'Adaptados: del libro a la pantalla'), el teatro y el cine tienen lenguajes diferentes y no es fácil ser experto en ambos. De hecho, Robert Bolt sería el primero en alzarse con un Oscar por la adaptación de su propia obra: Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966). Probablemente se trate de uno de los Oscar a mejor película más aburridos de todos los tiempos, pero sin duda la cuidada ambientación en la Inglaterra del siglo XVI ayudó a disfrutar más de las largas y pesadas conversaciones de la obra original. Dos años después, James Goldman repitió la hazaña con el guión de El león en invierno (Anthony Harvey, 1968), de nuevo ambientada con esmero en la Inglaterra antigua, esta vez en el siglo XII.

Henry Fonda y Katherine Hepburn en En el estanque dorado (Mark Rydell, 1981)
En el estanque dorado fue el último trabajo de
Henry Fonda, quien murió meses después
Pasarían trece años hasta que otra adaptación teatral ganase el Oscar a mejor guión adaptado. Y volvería a caer en el autor de la obra original: Ernest Thompson, guionista de En el estanque dorado (Mark Rydell, 1981). La ventaja de esta película en contraste a clásicas adaptaciones de obras de teatro es que, además de contar con intérpretes de la talla de Katherine Hepburm y Henri Fonda (ambos oscarizados), aporta la agradable ambientación de un lugar paradisíaco, imprescindible para transmitir el mensaje de amor por los pequeños detalles de la vida del film. Por muy cuidado que sea el decorado de una obra de teatro, no puede competir con las localizaciones reales. Por no hablar de los efectos especiales de films como La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) o El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003), claro, que serían por completo imposibles de recrear en un escenario.

Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988)
Glenn Close y John Malkovich, protagonistas de
Las amistades peligrosas, empezaron en el teatro
Fue el conocimiento de las limitaciones de cada arte, unido al perfeccionamiento de la dirección artística cinematográfica, lo que marcó un auge de adaptaciones teatrales en los años 80, reflejado en los numerosos Oscar que fueron a parar a dramaturgos que adaptaban sus propias obras: Peter Shaffer lo obtuvo por Amadeus (Milos Forman, 1984), Christopher Hampton por Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988), Alfred Hury por Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1990) y Billy Bob Thornton por El otro lado de la vida (1996), fascinante drama rural que también dirigió y protagonizó.

Resulta muy curioso que, hasta 1966 ningún dramaturgo había obtenido el Oscar por adaptar su propia obra y, desde entonces, no ha habido un solo premio de la Academia a mejor guión adaptado para una adaptación teatral que recayera en otra persona. Parece que los dramaturgos han aprendido de los errores del pasado y comprendido qué deben mantener fiel al original y qué deben mejorar gracias a la magia del cine. Por cierto, la principal diferencia entre adaptar una novela y hacer lo propio con una obra de teatro es que el primer caso supone siempre un duro ejercicio de síntesis, mientras que el segundo permite mayor libertad a la hora de profundizar en aspectos de la trama y, en general, mayor satisfacción creativa.

El perro del hortelano (Pilar Miró, 1996)
La arriesgada El perro del hortelano, basada en el 
texto de Lope de Vega, tuvo problemas de presupuesto
Sin embargo, durante los últimos años ha habido una recesión en cuanto a adaptaciones teatrales, sin duda debido a la creciente importancia del realismo de las producciones cinematográficas. A menudo, los diálogos teatrales resultan artificiales, sobre todo si se mantiene el formato en verso del original, como sucede con El perro del hortelano (Pilar Miró, 1996), que resulta sin duda un ejercicio artístico interesante pero dificulta la identificación con los personajes y las historias contadas pese a la extraordinaria interpretación de su protagonista, Emma Suárez. En otras ocasiones, los interminables diálogos pueden llegar a ser agotadores en la gran pantalla, como sucede en la comedia francesa El nombre (2012), adaptada y dirigida por Alexandre de La Patellière y Mathieu Delaporte sobre su propia pieza teatral, o el drama Agosto (John Wells, 2013), escrito por Tracy Letts a partir de su dura obra familiar.

¿Quién teme a Virginia Wolf? (Mike Nichols,1966)
¿Quién teme a Virginia Wolf? fue la primera película
con todo el reparto nominado al Oscar
El problema de ambas obras es a la vez su virtud: la acción sucede prácticamente en su totalidad en una única localización, lo que acentúa la inmersión en el mundo de los personajes y favorece la compresión de éstos pero, a la vez, resulta repetitivo y agobiante. Si bien pueden realizarse obras excepcionales con estos parámetros, como refleja ¿Quién teme a Virginia Wolf? (1966), ópera prima de Mike Nichols sobre un matrimonio maduro (Elizabeth Taylor y Richard Burton, conflictiva pareja en la vida real) que transmite su odio a una pareja más joven que envidian y desprecian (Sandy Dennis y George Segal), siempre queda la duda sobre qué aportan estas obras a las originales, al margen, por supuesto, de hacerlas llegar más fácilmente a los espectadores.

Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011)
Un dios salvaje tiene lugar, prácticamente en su
totalidad, en el salón de un matrimonio
Quizá una de las mejores adaptaciones teatrales de todos los tiempos la encontramos en la reciente Un dios salvaje (2011), sobre dos parejas (Kate Winslet y Christoph Waltz, Jodie Foster y John C. Reilly, todos ellos fantásticos) que se reúnen a raíz de una pelea entre sus hijos. En ella, Roman Polanski juega con la propia teatralidad de la obra, haciendo creer en varias ocasiones al espectador que los personajes van a abandonar la única localización en que sucede la acción. Es tal la vitalidad de las interpretaciones y tan perfecta la explotación de los pocos elementos de la dirección de arte que el resultado es divertido y envolvente pese a su aparente estatismo.

Mención aparte merece el género musical, cuyo declive a mediados de los años 50 llevó a los productores a confiar sólo en los musicales que ya habían triunfado en los escenarios, de donde surgieron películas tan míticas como la parisina Gigi (Vincente Minnelli, 1958), la electrizante West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), la estilizada My fair lady (George Cukor, 1964), la edulcorada Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965), la oscura Oliver (Carol Reed, 1968), la alegre Hello, Dolly! (Gene Kelly, 1969) la rural El violinista en el tejado (Norman Jewison, 1971), la impactante Cabaret (Rob Fosse, 1972), la alocada Grease (Randal Kleiser, 1978), la original Hedwig and the angry inch (John Cameron Michell, 2001), la misteriosa 8 mujeres (François Ozon, 2002), la estridente Chicago (Rob Marshall, 2002) y la emotiva Rent (Chris Columbus, 2005). En general, las adaptaciones cinematográficas de musicales teatrales adaptan la música original y añaden algunas canciones nuevas que puedan competir por los premios a mejor canción original. Tom Hooper recuperó recientemente esta tendencia con Los miserables (2012), pero el exceso de canciones y el abuso de los planos cortos enturbió, tanto la trama, como los lujosos escenarios en que ésta tenía lugar.

Hamlet (Laurence Olivier, 1948)
Hamlet fue la primera película británica ganadora del
Oscar a mejor película, al que sumó otras 3 estatuillas
Y es que el teatro puede ser un fascinante aliado del cine si se sabe cómo extraer lo mejor de ambas artes. Algunos cineastas han centrado sus esfuerzos en ello, siendo sin duda el caso más representativo el de Laurence Olivier, quien escribió, dirigió y protagonizó tres de las mejores adaptaciones de obras de William Shakespeare de la historia: Enrique V (1944), Hamlet (1948) —que le reportó los Oscar a mejor película y actor pese a no ser nominado su guión quizá a raíz de los innumerables cambios introducidos— y Ricardo III (1955). El relevo fue tomado por Kenneth Brannagh, quien en 1989 ofreció una nueva versión de Enrique V y en 1996 realizó una nueva adaptación de Hamlet, esta vez manteniéndose completamente fiel al original, pues mantuvo su texto íntegro alcanzando las interminables pero intensas 4 horas de duración. Bastante más agradable y ligera fue su Mucho ruido y pocas nueces (1993), con un tono desenfadado en la línea de infravaloradas comedias españolas como Solo para hombres (Fernando Fernán Gómez, 1960) y Sé infiel y no mires con quién (Fernando Trueba, 1985).

Pese a que lo natural suele ser que la obra nazca en el teatro y se traslade al cine, hay películas que parecen nacidas para vivir el proceso contrario, como Maridos y mujeres (1992) y otras obras de Woody Allen donde la acción queda en un segundo plano en relación al diálogo. Además, son muchos los musicales inspirados en obras audiovisuales; así, famosas películas como Fama (Alan Parker, 1980), El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) o Once (John Carney, 2006) han sido recientemente trasladadas al teatro, donde han causado furor de nuevo. La emotiva Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) incluso ha inspirado una ópera.

Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Rainer Werner Fassbinder, 1972)
Las amargas lágrimas de Petra von Kant es una de las
muchas adaptaciones de Fassbinder sobre sus propias
obras, a menudo con el reparto íntegro original
Aunque algunas de las mejores películas de la historia, como Historia de Filadelfia (George Cukor, 1940), Casablanca (Michael Curtiz, 1942), La Ronda (Max Ophuls, 1950), Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957), 12 hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), La calumnia (William Wyler, 1961), Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Rainer Werner Fassbinder, 1972) y Ran (Akira Kurosawa, 1985), proceden de obras de teatro, este tipo de adaptaciones debe encontrar el modo de contar la misma historia con los elementos del cine. Es decir, deben demostrar que no son meras copias de otras obras, sino obras por sí mismas y huir, precisamente, de la teatralidad. Sólo así podrán hacernos olvidar que nos encontramos ante la representación de una representación y sumergirnos con pasión en sus historias. Porque, al final, la misión del cine y el teatro es la misma: contar una historia.


© El copyright del texto pertenece exclusivamente a Juan Roures
© El copyright de las imágenes pertenece a sus respectivos autores y/o productoras/distribuidoras

19 comentarios:

  1. Yo, sin duda, me quedo con el cine :P

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    1. Yo, por supuesto, me quedo con el cine sobre todo lo demás, pero me gustaría acudir más al teatro, porque siempre que lo hago disfruto mucho. Por desgracia, es un arte menos asequible, pero también fascinante.

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  2. Espectacular artículo. Cine y teatro. La cultura siempre aporta valor

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    1. Muchas gracias :) Me alegro de que te haya gustado!

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  3. La mayoría de películas que mencionas me encantan, especialmente Un dios salvaje (aunque me quedo con su título original: Carnage). Lo bueno de estas obras es que, si se hacen bien, pueden tomar lo mejor de cada arte.
    Un artículo genial!

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    1. Gracias! :) A mí me encanta "Carnage", gracias en gran parte al genial reparto. Eso sí, me recordó mucho a "¿Quién teme a Virginia Wolf?" por la temática de las discusiones y el tratarse de un cuarteto protagonista (dos parejas).

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  4. Un artículo genial como siempre!! A mí me encanta el teatro, últimamente voy menos, pero vivir la magia de cerca es maravilloso. ¡Hay que apoyar todo tipo de cultura y arte!
    Saludos!!

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    1. Muchas gracias! :) Completamente de acuerdo. Un saludo.

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  5. Hola, Juan Roures me ha encantado... magnifico articulo... que has elaborado, haciendo referencia a películas que han marcado un hito, reseñas de teatro, musicales... guionistas, actores, con y de prestigio, con respeto y cuidado, magnifico trabajo... saludos Juan!!!
    Por cierto, aunque el cine respecto a la interpretación ha ido cambiando a medida que el tiempo cambia todo en la vida, a mi en particular me sigue pareciendo grandes interpretaciones, actrices que tu bien has citado como "la gran Bette Davis" o "Greta Garbo" esta última la cito yo sigue siendo un lujo verlas actuar!!!

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    1. Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado. Coincido plenamente contigo: las interpretaciones de las grandes divas del cine clásicos no pueden compararse al realismo actual, pero no dejan por ello de ser excepcionales. Un saludo.

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  6. El arte, en cualquiera de sus variantes, debe generar un impacto. El espectador siempre espera que alguien lo cautive, lo enamore, lo emocione y lo invite a reflexionar.
    Excelente artículo.
    Deciirte que tienes una nueva seguidora.
    Un saludo.

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    1. Completamente de acuerdo. Muchas gracias por tu comentario. Un saludo :)

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  7. Juan,

    Un artículo magnífico. Me ha encantado!! A mí personalmente me gusta tanto el cine como el teatro. Hace tiempo vi "¿Quién teme a Virginia Woolf?" en el Teatro, con Carmen Machi (Aída). Me transmitió dolor, rabia, impotencia, acabé con lágrimas y mal cuerpo. Es de las pocas adaptaciones que he visto y me han llegado al alma. Como bien dice Marybel Galaaz, debe generar impacto y transmitirnos todo lo que ha comentado.

    Un saludo!

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    1. Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado. Me encantaría ver la obra que citas en un escenario, pero mi verdadero sueño sería ver a Taylor y Burton interpretarla en directo, algo, por supuesto, ya imposible... Un saludo.

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    2. Gracias a tí por todo lo que escribes, que lo haces con todo detalle y muy buen gusto. Siempre es un placer leerte. (Ya quisiera yo hacer post como los tuyos). Bonito sueño sería ver a Taylor y Burton, en el escenario. Como bien dices, ya imposible.

      Un besito.

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  8. Varias las he visto, otras me faltan. Si el tiempo fuera más extenso....
    Saludos
    David C. de observandocine.com

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  9. ¡Genial artículo, Juan! :D Me ha encantado ir leyendo párrafo por párrafo la evolución histórica del cine teatral y los distintos modos de adaptar las obras! No haré ningún comentario de 'Les misérables' de Tom Hooper (haha, :P), pero lo que sí que diré es que me has dado muchísimas ganas de ver algunas películas que hace tiempo que les tengo ganas, sobre todo después de haber visto la obra, como '¿Quién teme a Virginia Woolf?'.

    Muy acertada creo la pregunta que haces respecto al qué aporta de más, en según que casos, hacer la película de una obra de teatro. Normalmente soy de las que disfruta viendo adaptaciones de 'Agosto', 'Un dios salvaje y compañía'. Ahora bien, también es muuuy cierto que hay películas que realmente saben hacerte olvidar que están basadas en el escenario, porque brillan por si solas como productos cinematográficos. Mis favoritas en este sentido, a parte de muchos de los musicales que has citado, son '12 hombres sin piedad', 'La gata sobre el tejado de zinc' y 'Mucho ruido y pocas nueces'.

    Ha sido divertido esperar el apartado dedicado a Shakespeare mientras iba leyendo todo el artículo :) Precisamente la versión de Kenneth Branagh es absolutamente maravillosa y destaca en todos los elementos más puramente cinematográficos -montaje y banda sonora mis favoritos-.

    ¡Felicidades por el post y un abrazo!

    M. del Mar

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    1. ¡Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado (siento la parte de "Los Miserables"... La verdad es que me acordé de ti al escribirla... ¡pero era inevitable!).

      Y, claro, Shakespeare tenía que estar, aunque tampoco me he enrollado en exceso porque también hablé de las adaptaciones de su obra en el artículo sobre cine y literatura (concretamente, de las innumerables "Romeo y Julieta").

      Ya me dirás si ves algunas de las películas que te faltan. A mí "Un Dios salvaje" y "Agosto" me recordaron muchísimo a "¿Quién teme a Virginia Wolf?", uno de los clásicos.

      Un abrazo! :)

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  10. ¡Juan! Me ha parecido muy interesante el repaso histórico y la parte sobre la interpretación y cómo se adaptaron los actores. Muchas veces pienso en eso. También estoy contigo con las conclusiones. Estoy totalmente de acuerdo con que normalmente las obras de teatro que se adaptan al cine donde toda la acción ocurre en el mismo espacio suelen ser un rollo pero que hay excepciones. Ya te comenté que me gustó mucho “La Venus de las Pieles” cuando la vi hace poco y me ha recordado mucho a tu artículo porque precisamente toda la acción ocurre en un mismo espacio pero aún así es divertidísima de principio a fin. No se hace nada agobiante. ¡Parece que Polanski es de los pocos que lo sabe hacer! ¡Ya comentaremos!


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