01 febrero 2017

La fascinación por el cine zombi

Train to Busan es una de las revelaciones del año
El último Festival de Sitges acogió dos nuevas joyitas del cine de zombis: la surcoreana Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016) y la británica Melanie. The Girl With All the Gifts (Colm McCarthy, 2016), ambas en cartelera. La primera recurre a un ritmo trepidante para contar algo mil veces visto (la expansión de un virus letal, en este caso por Corea del Sur) como nunca lo hemos visto (centrando gran parte de la acción en un tren KTX que viaja de Seúl a Busan, lo que hace lleva a irremediablemente en Rompenieves (Bong Joon-ho, 2013), el último taquillazo del cine surcoreano), sorprendiendo al espectador en todo momento sin dejar de jugar con los clichés del género, mientras que la segunda apuesta por un tempo más pausado y sosegado que sume al espectador en un sueño posapocalíptico verdaderamente inteligente. Train to Busan se alzó con los premios concernientes a mejor director y mejores efectos visuales; Melanie. The Girl With All the Gifts, con el relativo a mejor actriz para la debutante Sennia Nanua, quien encarna al miembro más especial de una generación nacida mitad “hambrienta”, mitad humana. El éxito internacional de crítica y público de ambas producciones nos recuerda que el cine de zombis todavía tiene mucho que contar.

La noche de los muertos vivientes estableció en 1968
muchos de los tópicos del subgénero de zombis
Pero, ¿cuándo nació la fascinación por el cine de zombis? Pues, con perdón de las icónicas La legión de los hombres sin alma (Victor Halperin, 1932) y Yo anduve con un zombie (Jacques Tourneur, 1943), con La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), una cinta de bajísimo presupuesto en la que las radiaciones procedentes de un satélite llevan a los muertos a salir de sus tumbas y atacar a los hombres para alimentarse. Dos jóvenes construyen una barricada para defenderse de los zombis, los cuales, poco a poco, se convierten en multitud. Son lentos, torpes y lerdos, sí, pero aterradores, sobre todo porque nadie se explica de dónde han salido. Al tratarse del primer gran éxito del cine de zombis, todo es inexperto, desde la realización hasta la propia actitud de los protagonistas, a quienes el terror pilla totalmente desprevenidos. Con esta película se establece la narrativa básica del subgénero: una introducción apacible donde empiezan a surgir elementos extraños que tornan poco a poco en auténtico pavor conforme los protagonistas van descubriendo el peligro que los rodea (y percatándose de que no parece haber cura posible). Finalmente, queda claro que un fuerte golpe en la cabeza es la única forma de vencer a tan aterradores seres, los cuales resultan particularmente intrigantes por tratarse de personas antaño sensatas “resucitadas” con el único propósito de matar. Resistiéndose a los habituales finales felices del cine clásico, George A. Romero evitó dejar lugar para el consuelo y siguió explorando la epidemia en producciones cada vez más gore, satíricas y autorreferenciales: Zombi (1978) —revisada por Zack Snyder en el violento Amanecer de los muertos (2004)—, El día de los muertos (1985) y La tierra de los muertos vivientes (2005).

28 días después convierte Londres en un cementerio
Más terroríficos aún que los zombis son los estragos que la existencia de estos hace en la sociedad. Y es que no sólo los hombres mordidos se transforman: también los supervivientes a la plaga son a menudo convertidos en verdaderos monstruos a raíz de las circunstancias atravesadas. A fin de cuentas, perder tanto a todos los seres queridos como a todo aquello que daba motivación a la existencia no es fácil para nadie. De esta forma, el principal mal tanto de la atmosférica 28 días después (Danny Boyle, 2002) como de su inteligente secuela 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2007) no lo constituyen los zombis, sino los propios hombres. Ciertamente, “el hombre es un lobo para el hombre”. Esta realidad es clave del principal éxito televisivo del momento: The Walking Dead, excepcional serie donde, conforme tanto los protagonistas como los espectadores van aprendiendo a lidiar con los zombis, el peligro se traslada de estos a los propios humanos. Basada en los comics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard, esta serie iniciada en 2010 (cuando optó por primera y última vez al Globo de Oro a mejor drama) debe su éxito, tanto a la espectacular factura técnica, como a sus maravillosos personajes, los cuales conforman una familia donde, pese a las espantosas circunstancias atravesadas, el amor y el respeto están por encima de todas las cosas. La lucha por la supervivencia de Rick, Carl, Daryl, Carol, Maggie y compañía es tan fuerte y humana que cada espectador sólo puede rezar por que, de una forma u otra, sus personajes favoritos se mantengan a salvo. De hecho, esta producción es perfecto ejemplo de uno de los mensajes más expandidos del cine de zombis: las circunstancias más crueles llevan al ser humano a sacar lo peor de sí, pero también lo mejor, constituyendo el deseo, no ya de salvar la propia vida, sino de proteger a las personas que nos importan, la principal luz a la que aferrarse cuando todas las demás parecen apagadas.

Manuela Velasco, sobrina de Concha Velasco, se hizo
con el Goya a mejor actriz revelación por [·REC]
Y, para luces apagadas, las de [•REC] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), una de las películas españolas más exitosas de la historia (cuenta con secuelas, remakes y secuelas de remakes, generalmente, eso sí, de cuestionable calidad). Presentada a modo de metraje encontrado, esta grimosa producción sigue a dos reporteros encargados de entrevistar a un grupo de bomberos que asisten al rescate de una anciana que se ha quedado encerrada en su casa. Al llegar al edificio, se encuentran a todo el vecindario despierto y asustado, lo que marca el comienzo de una verdadera pesadilla que presenciamos en todo momento a través de la cámara de los protagonistas. Dominada por la inestable cámara en mano, el azaroso montaje y las naturalistas interpretaciones, la puesta en escena resulta perturbadora, atrapando al espectador con rapidez para no soltarlo hasta que el último grito ha sido escuchado. La película se enmarca dentro de la interesante corriente de terror atravesada por el cine español durante los últimos años.

Zombieland es el perfecto "placer culpable"
Pero no todo son lágrimas y gritos en lo que al cine de zombis respecta. Y es que un género tan popular tenía, por fuerza, que reflexionar sobre sí mismo. Y, para eso, no hay nada mejor que la comedia; a fin de cuentas, el patetismo que rodea a la figura del zombi se presta a la parodia. La británica Zombies Party (Edgar Wright, 2004) arma al cómico Simon Pegg con un palo de cricket y una pala para rescatar a su madre, su novia y otros tantos a los que casi preferiría ver muertos, mientras que la canadiense Fido (Andrew Currie, 2006) presenta un mundo donde los zombis han sido domesticados para resultar útiles a la sociedad. En Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), Jesse Eisenberg, Woody Harrelson, Emma Stone y Abigail Breslin conforman un encantador grupo al que las duras experiencias atravesadas han convertido en perfecto cazazombis. Terror gore, comedia ‘slapstick’, romance adolescente y nostálgica road movie se funden en un divertimento que no podría ser más distinto a la mítica La noche de los muertos vivientes: allí, los zombis suponían una desesperanzadora sorpresa; aquí, los protagonistas están perfectamente entrenados para la supervivencia, permitiéndose incluso hacer bromas al respecto (atención al impagable cameo de Bill Murray). En Orgullo + Prejuicio + Zombies (Burr Steers, 2016) se da un verdadero giro de tuerca a la mítica novela de Jane Austen, pero el resultado se queda a medio gas al no apostarse por la hilarante locura que el título requería. En todas estas cintas hay lugar para el romance, género protagonista de Memorias de un zombie adolescente (Jonathan Levine, 2013), donde Nicholas Hoult se sirve de su hipnótica palidez para encarnar a un zombi con problemas existenciales (¡con razón!) que entabla una extraña amistad con la novia de una de sus víctimas.

La clave de The Walking Dead no reside en los zombis o
los efectos, sino en el cariño despertado por el reparto
Pero, ¿qué nos atrae tanto del cine de zombis? Innegablemente, la perfecta mezcla de salvajismo y sensibilidad que albergan sus mejores propuestas: disfrutamos de la adrenalina de sentirnos acorralados (y, a la vez, seguros en nuestras butacas), pero también de los momentos más íntimamente emotivos que toda situación límite conlleva. Además, estas películas nos sumen en atmósferas terribles con las que reflexionar sobre la situación de nuestro propio mundo; que la incoherente pero exitosa Guerra mundial Z (Marc Forster, 2013) surgiera en un momento de clara tensión internacional no es casualidad (y que sus zombis fueran más rápidos y peligroso que nunca, tampoco). El interés por los zombis ha alcanzado incluso al cine infantil, aun cuando El alucinante mundo de Norman (Chris Butler y Sam Fell, 2012) —que, por cierto, es la primera película animada con un personaje gay, adelantándose también a la celebrada presencia de la comunidad LGTB en The Walking Dead— se antojará demasiado rarita a más de uno. Más inteligente y profundo de lo que aparenta, este subgénero audiovisual ha logrado poco a poco abrirse paso en el imaginario colectivo incluso entre los más reticentes al terror, si bien su etiqueta de “cultura para frikis” probablemente no desaparezca nunca del todo. Eso sí, ante el poderío televisivo de The Walking Dead, los realizadores cinematográficos lo tienen ahora más difícil para sorprender a un público cada vez más seguro de que el mundo de los zombis dista mucho del entretenimiento vacío que aparenta ser.

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